sábado, 17 de febrero de 2018

ALBERTO, AUSTER, NUNA, THOREAU


«Es aquí donde mantengo mi suscripción generosa, 
donde queda todo lo que soy y todo lo que tengo.»
Henry David Thoreau



«El día en que cambiaste mi vida le diste orden al desorden, luz y calma y un propósito a mi existencia, sacaste lo mejor de mí, me hiciste crecer a tu lado  para bien, para evolucionar y ser un mejor ser vivo. El día en que cambiaste mi vida te convertiste en hito, en un punto de la misma constelación.» Puedo susurrarle al oído tanto de Alberto, como de Auster, como de Nuna, como de Thoreau estas palabras que forman mi yo sin mentirle a ninguno de los cuatro, pues mientras las pronuncio estoy abrazada a mi más rotunda y absoluta verdad y lejos estoy, bien lo sabe el Universo, de caer ni en la osadía ni en la falsedad. Y además si trazo una línea desde un punto o un hito que ha cambiado mi vida a otro, es decir, desde Alberto a Auster y desde Auster a Nuna y desde Nuna a Thoreau, estoy dibujando los márgenes por los que discurre mi existencia. Y esa línea, esos márgenes, son quienes me han enseñado que todo lo que necesito en mi vida está dentro de mí. Reconocí a Alberto, a Auster, a Nuna y a Thoreau, como puntos o hitos porque al estar frente a ellos, por vez primera, el tiempo se detuvo y cuando volvió a correr y a transcurrir yo tenía plena consciencia de que había dejado atrás con un portazo a mi antiguo yo. Quien me conoce verdaderamente sabe que tengo esos hitos bien presentes en mi día a día en cada uno de mis actos. Ahí están, a cada hora de mi vida: Alberto, Auster, Nuna, Thoreau. No les hace falta anunciarse a sí mismos con luces de neón, ni con aspavientos, ni pantomimas. Por no tener no tienen ni que recordarme el mes y el año, ni siquiera el instante o la hora en que tuve la fortuna de que entrasen en mi vida. Pues yo lo recuerdo todo. Ellos lo son todo. Ellos son yo. Y sólo puedo resumir y comprender mis últimos veinticuatro años de vida deteniéndome en ellos, deslizándome por ellos y a través de ellos, pues son tan reconocibles en mí, como lo es el alambre para el funámbulo que con sus pies descalzos lo cruza sin red. Alberto, Auster, Nuna, Thoreau son mi alambre y mi red, son los márgenes de la vida por los que tránsito, son y conforman la constelación que lleva mi nombre. Y lo son, porque me cambiaron la vida por variadas y sustanciales razones pero sobre todo porque están hechos de verdad. Y, yo, a la verdad no la cambio por nada. Me gusta que la verdad se muestre y que esté presente, me tranquiliza el hecho de tenerla delante de mí como si fuese una montaña que no admite dudas, pues una montaña siempre es una montaña, me gusta vivir en la verdad porque en la verdad siempre hay orden, claridad, disciplina, honestidad y armonía; en la verdad, no hay lugar para la confusión ni el engaño ni las entelequias. Y al igual que la montaña jamás será desierto, yo jamás seré mujer a la que darle gato por liebre, puesto que soy liebre. Así que en esas estamos, en Alaska: viviendo en la verdad. 



Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz