sábado, 12 de marzo de 2016

LABERINTOS DE PAPEL


Siento un amor especial por las papelerías desde mi infancia. Recuerdo como en aquel entonces, ―en aquellos días en que sólo podías comprar si ibas a una tienda física―, recorría con frecuencia diaria (sí, no exagero) los pasillos de alguna y revisaba sus anaqueles comprobando como todo permanecía extrañamente en su lugar, de la misma forma como comprobaba y hacía inventario de las novedades que iban incorporado. Me emocionaba con las novedades. Soñaba con comprar todo lo que contenían aquellos laberintos de papel. Ahorraba dinero y pensaba durante días cuál de aquellas maravillas era la idónea para que se viniese conmigo a casa. Miraba embelesada los lápices de minas de diferente grosor, los bolígrafos, los rotuladores de colores, las lupas, los pisapapeles, los sujetalibros, los plumiers, los estuches, y sobre todo los cuadernos de diferentes tamaños y diferentes tapas. Tapas con dibujos, tapas de cartón y color cartón, tapas de hule, tapas de tela. Como aquel que compré de tapa de tela de lino de color morado que se convirtió en un cuaderno mágico. He paseado durante años por los pasillos de papelerías pequeñas y por las de los grandes almacenes, contemplando el material, hechizada por los colores, texturas y tamaños de sus productos, sin cansarme. Todavía lo hago. Está claro que me atraen como un imán. Una vez dentro, jamás he podido dejar de hacerme la misma pregunta: ¿Cuántas cosas se pueden escribir y contar, y cuántas dibujar y pintar con todos los cachivaches que hay en ellas? La respuesta siempre es la misma: infinitas. Recuerdo como si fuese ayer la papelería en la que me compré el cuaderno de tapas de lino morado y páginas grises que he mencionado antes, recuerdo su largo mostrador de madera, sus expositores, hasta el viejo hombre que despachaba. La papelería ya no existe, el cuaderno sí. Escribí en él durante mucho tiempo. Escribí deseos, canciones y algún cuento. Si unas líneas atrás lo he llamado cuaderno mágico es porque los deseos que escribí en él, con los años y uno detrás de otro se hicieron realidad. Y no eran deseos pusilánimes, ―si es que los hay―. Eran deseos en mayúscula, osados, valientes, atrevidos incluso con cierto empaque. Me atraía tanto escribir en él al finalizar el día, como miedo me daban las cabinas telefónicas de puertas plegables. Siempre fui una niña que renovaba mis ilusiones con cada salida de sol, que escribía y dibujaba en cuadernos, y que iba por las calles tarareando canciones por lo bajini. Y con sinceridad creo que no he cambiado tanto.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz.