lunes, 21 de agosto de 2017

Naturaleza sin pausa

 


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el tercer lunes del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 16 de agosto de 2017

LECTORES IDÓNEOS O NO


«Más de un hombre ha iniciado una nueva época
de su vida a partir de la lectura de un libro.»
Henry David Thoreau


En Desayuno en Tiffany's he descubierto una magnífica novela. Una lectura provechosa. Un regalo sorpresa que la vida me ha hecho. Truman Capote es grande. Pero en este momento de mi existencia lo es todavía más, porque ahora puedo apreciar mejor y valorar en toda su magnitud tanto la calidad de su novela, como los matices y colores que posee su forma de narrar. Al leer Desayuno en Tiffany's se han revelado como una realidad de nuevo mis tres creencias favoritas. Una, que los mayores placeres siempre resultan ser los inesperados; dos, que sólo se lee con provecho, disfrutando de la lectura en toda su esencia cuando se ha vivido. Mientras tanto las lecturas sólo son una forma de matar el tiempo antes que éste te mate a ti o un entretenimiento sin ninguna ambición, y ello no sucede porque lo leído sea de poca calidad y su autor no tenga talento, sino sucede porque al lector le falta vida por vivir y carece de bagaje, de fundamento, es decir, de la experiencia en primera persona con la que sacarle todo su jugo a la historia que está leyendo. No exprimir una lectura es algo que ocurre habitualmente en las primeras edades y en algunos casos incluso después, entonces el lector tiene la tendencia a tildar de mala una novela sin ni siquiera darse cuenta de que el problema está en él, al que le falta la experiencia necesaria para leer entendiendo y compartiendo, pues no comprende lo que lee, no lo absorbe; aunque muy probablemente, en ese tiempo, todavía carece también de la agudeza para formular ese pensamiento y además tampoco repara en que lo que para él resulta ser una mala historia para otros será todo lo contrario, pues no hay novelas malas, lo que hay lectores idóneos o no. Pues cada título lleva en lo más hondo de sus entrañas a su particular lector y sólo deben encontrarse para que aparezca la magia y surja de ella la comunión perfecta, la unión sin fisuras, la belleza del equilibrio sin red. Y ahí se pone de manifiesto mi tercera creencia, esa que me hace pensar, que los libros tienen una vida propia, unos hilos invisibles que nos aproximan a ellos en el momento adecuado, cuando nosotros más los necesitamos, por eso ese encuentro inesperado resulta ser tan placentero y su lectura tan provechosa.
Lectores míos, ni aun prometiéndomelo, voy a creerme jamás que nunca se ha cruzado inesperadamente en vuestro caminar un libro que en esa hora os ha llenado de dicha, os aportado consuelo, os ha hecho sentir afortunados e incluso os ha reconciliado con el ser humano y el mundo.
No me mintáis, ni aunque sea para llevarme la contraria, porque yo sé que sí. 
Sé que os ha sucedido, y estoy segura que en más de una ocasión.
Entonces, pues: ¡Brindemos por todos los libros, y con ellos, por todas las historias que están todavía por llegar a nuestras vidas!


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz 

lunes, 14 de agosto de 2017

Naturaleza sin pausa


 La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el segundo lunes del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 9 de agosto de 2017

LA VALIJA


«No puede haber una melancolía realmente negra
para el que vive en medio de la naturaleza
y goza de sus sentidos.»
Henry David Thoreau


Hemos descubierto en la cabaña que ahora habitamos Alberto y yo en Canadá, en mitad de la naturaleza, una enorme valija situada en el altillo de ésta. Como la curiosidad es quien impera en nuestra vida, ni siquiera hemos pensando si abrirla o no, sencillamente la hemos abierto, a favor nuestro decir que no estaba cerrada con llave, así que nadie nos puede llamar la atención. Al ver su contenido Alberto ha soltado una de sus carcajadas sarcásticas y yo un entusiasmado: «Increíble». Nos hemos sentado frente a ella para sacar parte de su contenido, pues a bote pronto es imposible pensar en sacarlo todo. Os estaréis preguntando, lectores míos, qué contiene la valija. Pues, la valija contiene una cantidad ingente de libros en perfecto estado que ya han sido leídos, pero que se conservan bien. Supongo que la valija los aísla del mismo modo del calor como del frío, de la humedad como de la sequedad. Y si en un primer momento hemos pensado que eran del mismo dueño, al ir hojeándolos hemos comprobado cómo cada uno está datado con fechas de lectura diferentes y por gentes distintas con lo cual hemos llegado a la conclusión de que cada persona que pasa por esta cabaña cuando descubre la valija guarda en ella los libros que ha podido traer consigo para leerlos en este paraje, para que así se queden dentro de ella por siempre jamás; de la misma manera como lee, si le apetece, los títulos que en su día, otras manos depositaron en su interior. Me ha parecido un gesto vibrante, lleno de alma, el convertir al libro y la lectura en testigos de quién pasa por este lugar. Hay fechas de todas las épocas, títulos de todos los géneros y en todas las lenguas. Y si Alberto se ha reído, ha sido porque al ver el hallazgo, sabía que en mí se produciría una explosión de felicidad. Manos a la obra hemos seleccionado algunos títulos que van a formar parte de nuestras lecturas, mientras estemos aquí, junto a los libros que nosotros hemos traído, y evidentemente ambos sabemos sin consultárnoslo que también dejaremos los nuestros dentro de la valija. En un acto que nos va a unir con todos esos seres humanos que siguen teniendo el libro como uno de los mejores refugios. A los dos nos ha parecido: el hecho de leer en esta cabaña que es también refugio de montaña para quien considera que leer es un refugio en sí mismo, algo muy semejante a rizar el rizo, pero de una manera significativa y hermosa. Por no decir, cautivadora.
Así que, hay silencio, sólo se oye el bullir de la vida en su verdadero estado, nada estorba, disfrutamos de todos nuestros sentidos, tenemos el corazón contento y nuestras almas libres están complacidas, estamos vivos, y es tal el sosiego de nuestros días que incluso podemos leer de un tirón. Sí, lectores míos, esta es una de esas situaciones, uno de esos instantes, en que puedes decirte a ti mismo sin riesgo de equivocarte: «Sí. Todo está bien. Todo está maravillosamente bien.»
Entonces leamos pues. Vivamos maravillosamente bien.
Deciros, por si sentís curiosidad, que el primer título que he escogido de dentro de la valija para leerlo es Desayuno en Tiffany's. Novela que sé que leí hace más de veinte años como mínimo, pero de la cual no recuerdo el argumento, y la película aunque pueda resultar extraño he de confesaros que no la he visto jamás. 
Así que ahora, con vuestro permiso: callo, leo, vivo.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz
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[Fotografía de Alberto Fil]

lunes, 7 de agosto de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el primer lunes del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

lunes, 31 de julio de 2017

Naturaleza sin pausa



La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el último día del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 26 de julio de 2017

EQUILIBRIO SIN RED


Cuán de maravilloso tiene ese momento, ese instante mágico, si me lo permitís, lectores míos, denominarlo de ese modo, en que estás leyendo una novela y compruebas cómo el ritmo, el tono y el estilo de la narración encajan sin ninguna fisura y con total armonía y plenitud con tu forma literaria de ser. Ese instante es de una belleza sin igual. De ahí, lo mágico. Ya que notas que estás ocupando un espacio perfecto, sin aristas. Redondo y sublime. Sientes al leer que si no estás instalado en la misma perfección, estás muy cerca de ella.
Solamente los libros, tan distintos los unos de los otros, como las personas, son capaces de transportarnos a ese lugar donde la hora y el mundo resultan ser perfectos. Donde todo es digno de ti y tú eres digno de todo. Sólo algo tan inabarcable y tan difícil de definir como es la literatura es capaz de trasladarnos y colocarnos en una estancia donde todo está en comunión. Únicamente las palabras escritas en negro sobre blanco con total intencionalidad por una mente hábil y experimentada hasta formar una historia son capaces de mantenernos suspendidos en la nada y en equilibrio en una belleza sin red. Estoy más que segura, lectores míos, que habéis experimentando ese regocijo de estar suspendidos en equilibrio y sin red en la belleza de entre una página y otra, cuando piensas: «¡Qué no se acabe, por favor, que no se acabe!» Deseando con todas tus fuerzas quedarte a vivir en ese instante mágico, dentro de un libro. Lo deseas con la fuerza del niño que fuiste, aquel que se sentía capaz de tocar las estrellas y la luna con sólo proponérselo. Aunque lo verdaderamente fastidioso no es saber en mitad del regocijo que la fugacidad del instante mágico que estamos experimentando es algo real y que ese querer hacer perdurable el equilibrio sin red conseguido es un imposible; no, hay algo peor que la fugacidad y es la interrupción. Ahí estamos en pleno equilibrio cuando aparece el estorbo. Y plof, nos caemos y nos damos de frente con la cruda realidad, ¿a qué sí? No obstante, es tanto el poder de la literatura que la caída no nos produce ni un chichón. ¿Y por qué? Porque somos conscientes de que cuando abramos de nuevo el libro y retomemos la historia en el punto en que la hemos dejado, por una especie de sortilegio hallaremos de nuevo la belleza del equilibrio sin red.
Y de ese modo, a ratos y a horas, sin darnos ni siquiera cuenta, nos vamos convirtiendo en nuestra vida lectora en cazadores de instantes mágicos. Por eso, seguro que muchos de vosotros los buscáis cuando todos duermen. Sí, lectores míos, lo hacéis y lo hacéis con nocturnidad y alevosía, para estar libres de todo estorbo y de toda interrupción. Y, una vez allí, en esa parcela de tiempo detenido miráis a vuestro alrededor y con una sonrisa traviesa os sentís bienaventurados. Pues qué bonito es sentirse funámbulo, saberse sin red y en total equilibrio. No digáis que no. Ya que lo es.


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz  

lunes, 24 de julio de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el segundo lunes del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 19 de julio de 2017

ALTURA DE MIRAS




Tener altura de miras básicamente es comprender. Así de simple y así de complejo. Comprender a los demás con el fin de obtener el bienestar de la comunidad en la que estás o de la que formas parte, es decir, tu pequeño mundo o en mi caso también por allí donde transito aunque sólo esté de paso. Según mi estimada amiga Osbelia tener altura de miras es poseer la mayor de las virtudes, la más elevada, pues te permite volar libre. Ya que según ella las ataduras mentales son lo peor, denominando ataduras mentales: a la estrechez de miras, a las limitaciones y cortapisas que uno mismo puede llegar a autoimponerse y que le impiden ver la existencia de cada ser como lo que es: un hecho no juzgable que transcurre entre el nacimiento y la muerte. Vivir, lectores míos, lleva implícito tanto el derecho a no ser juzgado como la obligación de no juzgar. Cuántos juicios de valor se modificarían radicalmente de uno ponerse en los zapatos de los otros. Pero de sobra sabemos, pues todos nos hemos topado con ellos en nuestro caminar, que hay hombres y mujeres que no sólo juzgan, sino que dictan sentencia y condenan. Aplicando un vara de medir que dista mucho de ser la que se aplican a ellos mismos. Os puedo decir, con la misma franqueza de siempre, que jamás me he visto con la capacidad ni el derecho de juzgar a nadie. Y aun siendo rematadamente curiosa, nunca he sentido ni un ápice de curiosidad por saber qué se siente al ser jurado popular. Es más, qué Dios me libre de semejante tesitura. En mi naturaleza no está ni el juzgar a los demás ni siquiera el entrometerme en las vidas ajenas. Me entusiasma observar el comportamiento de las almas para retratarlo después en mi trabajo y lo observo con el ánimo y la intención de comprenderlo. Pero hay una diferencia notable entre entrometerse o juzgar y observar para comprender. Tal como pasa la vida y voy acumulando años y vivencias, del mismo modo como mi capacidad de comprensión aumenta y mi tolerancia también, juzgar se me torna un imposible. Y, en cierta medida si soy así, es gracias a mi oficio. El oficio de escribir me ha hecho ser todavía más comprensiva, tolerante y universal. Porque es una realidad que las gentes sufren y lloran, se alegran y ríen por las mismas cosas en todas partes del globo terráqueo. Por tanto cuando os digo que jamás juzgo a nadie: Creedme. Así es. Os doy mi palabra. No estaría orgullosa de mí, si cayese en el error de juzgar. Y, os prometo también, que no juzgar no es algo que deba imponérmelo como un trabajo forzado, no juzgar me sale de manera natural, sin esfuerzo. Supongo que cuando Osbelia me dijo que poseía altura de miras, se refería a eso exactamente, a mi incapacidad para juzgar a los demás. Y, si me preguntaseis sí creo que tengo altura de miras. Os contestaría que sí, porque si valoro, y valorar no es juzgar, el comportamiento o la actitud de alguien, no la valoro según los criterios que rigen mi vida, lo valoro teniendo en cuenta que cada uno tiene sus directrices, por tanto todo cabe, a no ser que sean comportamientos deleznables, es decir, que agredan a otro ser vivo colocándolo en situaciones peligrosas, causándole el mal o daños irreparables. De no ser así, en la vida todo cabe y todo es válido. Pues cada uno va por el mundo según su música. Y si hay una que debe resaltar y prevalecer sobre el resto es la de la libertad, la de tener derecho a vivir como a uno le venga en gana. Tener altura de miras es comprender eso y llevarlo a término, quiero decir que si hay que mediar entre posturas opuestas para encontrar un punto de acuerdo o en común para que la paz reine en la vida de los que te rodean, se hace. Si hay que defender hechos que para mí pertenecen y están dentro de la libertad de cada uno, se hace. Pues, como diría Osbelia no hay nada peor que las ataduras, limitaciones, cortapisas mentales, no te dejen empatizar con otro ser y ver que delante de ti hay alguien que siente y vibra igual que tú. No ver en verdad que quien tenemos delante es otro ser humano, es de ser cafres o unos redomados idiotas, es caer en el error de considerarnos mejores que los otros, y lo que es peor, incluso, más libres para juzgar sin ser juzgados.


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz 

lunes, 17 de julio de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el tercer lunes del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 12 de julio de 2017

VIVENCIAS


Tengo la mano sobre el lomo de mi perra, la acaricio y mi ser se acompasa con su profunda y tranquila respiración, por fin se ha dormido. Pienso que este momento es nuestro. De las dos. Y es un momento único. Tengo la sensación de que en este instante muy bien podríamos ser las dos únicas habitantes del planeta, porque lo que en verdad importa es este piel con piel. El sentimiento que yo le transmito a ella, las sensaciones que ella me trasmite a mí y la impresión de que las dos estamos unidas por el lazo del aquí y el ahora, de la realidad tangible que compartimos. Esa clase de vivencias son las que me hacen ser una mujer afortunada. Y si eso es así, si soy afortunada es porque tengo la capacidad de sentir, de apreciar, de observar, de comprender, de vivir las cosas tal como son, en primera persona, desde primera línea, sin filtros, piel con piel. Por suerte tengo desde siempre la tendencia de convertir cada día de mi vida y cada cosa que me sucede en una vivencia de cuya experiencia extraer toda clase de lecciones que me hagan crecer y ser consciente de que jamás voy a posicionarme al margen de la vida. Y las vivencias o lo que es lo mismo la suma de los sentimientos, sensaciones, e impresiones que experimentamos, sólo se pueden apresar si dejas que la vida pase por dentro de ti, si le permites que haga mella en ti, que marque su huella en tu piel y en tus carnes, sumándote, sumándote y sumándote. Pues de no hacerlo así, todo se convierte en humo. Es como leer sin haber vivido, que como mucho sirve de entretenimiento, pero de poco más; cuando la realidad es que las palabras escritas una seguida de otra siempre tienen una finalidad: la de remover todo tu interior de un modo u otro, la de darte la vuelta como se da a un calcetín. Pues con vivir pasa lo mismo, se ha de vivir sin dejarse nada en el tintero. Has de dejar que la vida se revele ante ti, al mismo tiempo, que ella te descubre a ti y sin intermediarios te diferencia del resto. Ensalzándote como el individuo que forma parte de un todo. De ese modo todas tus vivencias tendrán las hechuras de la aventura. Y una vida sin aventura no es nada. Una vida que no has convertido en un cúmulo de vivencias vividas sin filtros no merece la pena ser vivida. Vosotros, lectores míos, podéis preguntaros el por qué de estas líneas, deciros que tienen una hermosa explicación, que seguidamente os voy a relatar. De sobra sabéis cómo desde niña siempre me he considerado parte de la naturaleza, de cómo esta me maravilla, de cómo interactúo con ella constantemente, pues bien, en estos días estoy teniendo una vivencia de un alcance portentoso. El otro día Nuna apoyó su frente en la mía en un acto de hartazgo, diciéndome: «Tú me comprendes. No estoy bien. No entiendo que me está sucediendo.» Entendí por su forma de mirarme y de comportarse que algo andaba mal y al acudir al veterinario nos enteramos de que está teniendo un embarazo psicológico. Y, sí, todos los síntomas coinciden y al preguntarle al veterinario el motivo, su respuesta fue que es algo espontáneo y su raíz está en la supremacía de la naturaleza y en su saber hacer y que solo está motivado para que si viene el caso de que una hembra progenitora muera, otra hembra pueda sustituirla y sacar adelante a las crías huérfanas. De manera, que Alberto y yo, por enésima vez, nos hemos encontrado frente al poder de la naturaleza, ante la demostración de cómo se las ingenia y se pone a trabajar para sobrevivir. En estos días el instinto de supervivencia de la naturaleza se ha puesto de manifiesto mediante Nuna. Y yo estoy asombrada. Maravillada. Alberto y yo que entendemos nuestra vida como parte indisociable de la naturaleza, estamos disfrutando. Y, por muy agotadora que sea esta vivencia que el destino nos ha puesto delante, la vivimos como lo que es: una vivencia única, enriquecedora y deslumbrante. Ambos estamos boquiabiertos ante cada acto innato que Nuna realiza con solo tres años de edad, sin haber sido madre jamás. Siendo conscientes de que todo este cúmulo de sentimientos, sensaciones e impresiones que estamos experimentando de primera mano y sin filtros se quedara con nosotros para siempre, pasando a formar parte de las decenas y decenas de aventuras que  poseemos en nuestro haber. 



Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz

lunes, 10 de julio de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el segundo lunes del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 5 de julio de 2017

SIN VUELTA ATRÁS


«Quédate conmigo el día de hoy y esta noche y poseerás 
el origen de todos los poemas.» 
―Walt Whitman―

Sé que al final de la vida cuando haga recuento de las personas determinantes de mi existencia, sé que difícilmente alcanzaran la docena, pero también sé que entre todas ellas, entre todas las que habrán formado parte de la lista o del selecto club o del círculo de lo íntimo y privado, sea el computo el que sea, por encima de todas ellas siempre estará Alberto. Porque todavía a fecha de hoy cada vez que oigo tintinear el móvil de conchas marinas, acompañado de otro, que es un ristra de cascabeles de un blanco nuclear y que también en compañía de las conchas me siguen avisando de que alguien acaba de apartar la cortina de mi hogar en Caótica, mi cuerpo y toda yo recuerda con una fuerza y una lucidez sobrehumana a Alberto, tal como le vi el primer día que entró en mi casa y en mi vida. Y, aun sabiendo que eso es algo imposible, que no hay cachivache que permita volver a un tiempo concreto del pasado, me gusta recrearme en la primera vez que lo vi. Si ello sucede así, no es porque mi cuerpo sea un bicho raro sino porque tanto mi cuerpo, como mi corazón y mi alma siempre van a amar a Alberto. Es una gran verdad eso de que hay amores que duran toda una vida o más. Hace veintitrés años que conocí a Alberto y recuerdo con total nitidez cómo, por aquel entonces, al oír el tintineó de las conchas sabía cuando era él y cuando no. Lo sabía con una certeza absoluta. Mi persona no albergaba ninguna duda y debo y puedo decir, que jamás me equivoque. Y, lo sabía porque me embargaba, sin proponérmelo, una alegría diferente y distinta a todas las conocidas. Al conocernos, Alberto tomó por costumbre traer el desayuno a casa y desayunábamos juntos. En aquellos desayunos me enamoré todavía más de él y él de mí. Me fascinaba. De hecho, jamás ha dejado de fascinarme ni maravillarme. Con él he aprendido todo lo que se puede aprender en una vida. Pues es un hombre, de esos que lejos están de ser una persona aburrida, con las que al poco de conocerlas se acaban los temas de los que hablar o los puntos en común o por los que pierdes todo tipo de interés sin remedio. Él es un curioso como yo, al que le gusta aprender como a mí. Y si mi amor por el dura a fecha de hoy, es porque su amor por mí no tiene fisuras y él es uno de esos hombres que te lo dan todo, que se vuelcan en ti, que no van con migajas. Y, cuando, con esos enormes ojos negros que posee, me dijo: «Quédate conmigo el día de hoy y esta noche y poseerás el origen de todos los poemas»; como si del mismísimo Walt Whitman se tratase, ―ya que otra de las muchas cosas que descubrimos que teníamos en común, era nuestro pasión por el poeta americano―, supe que yo no le soltaría jamás. Y así se lo dije: «No voy a soltarte jamás.» A lo que me respondió que él tampoco a mí. Y lo que podría haber sido una promesa fruto de las primeras luces y fuegos del enamoramiento, se ha convertido en un voto que posee la fortaleza de ese crecer juntos que llevamos desde hace más de dos décadas. Sí, lectores míos, cuando observas a tu pareja sin que él te vea, y dos décadas después, todavía eres capaz de decir con total convencimiento que no vas a soltarlo jamás, es porque muy probablemente os habéis convertido en un mismo ser. Un ser indisociable, donde no se sabe ya donde empieza uno y acaba el otro; y has aprendido como diría Whitman que estar con aquel que más te gusta es suficiente para seguir con la vida. Y ahora sé, como lo supe en 1994, que en ese no voy a soltarte jamás, nunca estuvo en el ánimo ni en la intención de ninguno de los dos que la vuelta atrás, es decir, que lo contrario o recular fuese posible. Nos conocimos y en un segundo decidimos todo un futuro, y nunca ha habido vuelta atrás, ni el deseo de que la hubiera. Pues hay amores, que surgen con un flechazo y se consolidan en el tiempo, aumentan, y para fortuna de los amantes no tienen vuelta atrás. Descubres con los años que amar a una cierta persona es tu forma de estar en el mundo. Descubres que de no haberla conocido, de no amarla, tú no serías tú. Es más, no intuyes ni siquiera remotamente quién serías, pero es posible que puedas imaginar que serías alguien tan distinto a quien eres ahora, que seguramente no te gustarías al mirarte al espejo. Ahora, como hace veintitrés años, cuando me miro en los ojos de Alberto me gusta lo que veo. Me satisface la mujer en quien me he convertido viviendo la vida a su lado, sin soltarlo jamás, si soltarnos jamás el uno al otro.

Deseo, lectores míos, que en vuestra vida tengáis amores en los que la vuelta atrás sea un imposible, gracias a todo lo bonito que os dan, gracias a que junto a ellos resultáis ser una persona que si por algo resalta es por su honradez y su dignidad. Por ser personas íntegras. Deseo para todos vosotros amores sin vuelta atrás.


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz

lunes, 3 de julio de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el primer lunes del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

jueves, 22 de junio de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el segundo día del verano. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

EL REY DEL PAN


Los días pasaron como un suspiro y todo tenía ecos de despedida, Alberto, lo pensó cuando una mañana miró el calendario que colgaba de la pared del despachito de Jerie en El Rey del Pan y se dio cuenta de lo rápido que había pasado el tiempo desde que entró por primera vez en la panadería. Jerie era un buen hombre. Era sagaz, franco y leal. Escuchaba a los demás y era atento. Trataba a Alberto como a un amigo de toda la vida, puesto que desde que lo conoció, unos días antes, tuvo la impresión de que estaba ante un buen tipo. Un hombre inteligente y honrado, seguramente un trabajador incansable. Pero también supo que estaba en la isla de paso, que no se quedaría mucho tiempo. Por eso no le extrañó que no fuese un candidato para el puesto de trabajo que ofertaba en la panadería. Cuando de la boca de Alberto supo que no había ido a la panadería por el trabajo, sintió alivio, pues Jerie prefería que las personas que le caían bien no trabajasen para él, prefería tenerlos sólo de amigos. Y ser amigo de un empleado es un imposible ya que la tirantez entre patrón y trabajador existe y tarde o temprano aflora. Nadie es amigo de sus jefes, ni ningún jefe es amigo de las personas a las que les paga un sueldo a final de mes; por más que se finja lo contrario. Jerie no es hipócrita. Sabe lo que pasa entre patrón y empelado, porque antes de haber sido jefe ha sido trabajador por cuenta ajena, durante décadas. Todo esto y muchas cosas más nos las confesó Jerie la noche en que vino a cenar a la casa. Como también nos confesó que al conocerme a mí se reafirmó en la primera impresión que tuvo al conocer a Alberto de que estaba de paso por la isla.

—Se os nota que sois del tipo de personas que llegan a los lugares y saben en el fondo de su corazón que tarde o temprano partirán.
—¿Vagabundos? ―le preguntó Alberto.
—No. Los vagabundos van desorientados, vosotros no. Vosotros sois viajeros. Sois unos viajeros. Se os ve a la legua. Sois como dos gotas de agua en eso. Os parecéis más de lo que imagináis. Es más, en muchísimos aspectos sois como dos gotas de agua. Ella es igual que tú ―dijo Jerie señalándome a mí y mirando a Alberto― Decidme: ¿Qué se siente?
—¿Qué se siente, cuándo? ―le respondió Alberto.
—Siendo viajeros. ¿Qué sentís dentro de vosotros para desplazaros de un sitio a otro?
—Unas ganas terribles de partir, como cuando se tiene hambre. Se va instalando en ti un peso que no puedes soportar y sólo tienes en mente marcharte a otro lugar y descubrir sitios nuevos y gente nueva. Y cuando partes te sientes libre y esa libertad no se puede comparar con nada. Te notas ligero como la brisa. Sientes una profunda necesidad de sentirte libre, ligero y sin ataduras ―le explicó Alberto y yo asentí con la cabeza.
—Y por lo visto es innato. Antes de conoceros pensaba que lo de ser viajero era una actitud, ahora veo que es una necesidad innata. Algo que lleváis dentro de vosotros desde antes de nacer.
—Es posible ―le respondí yo a Jerie.
—¿En cuántos lugares habéis estado? ―nos preguntó Jerie.
—No los hemos contado, la verdad sea dicha, pero en muchos. Pero no en tantos como probablemente crees, todavía nos queda Asia, América del Sur y buena parte de África ―le indicó Alberto.
—Hay madrugadas en las que mientras horneo el pan, pienso que me gustaría ser como vosotros.
—No lo creo. Amas demasiado la panadería ―le dijo Alberto.
—¿Qué me estás diciendo Alberto, que he echado raíces en la panadería? —Alberto asintió y Jerie rió de buena gana. Tras esa conversación durante la velada que Jerie pasó en la casa, nos convertimos en muy buenos amigos, en verdad lo creo. Y ahora sentimos una verdadera estima por Jerie, un verdadero afecto, pues es un ser sin dobleces, que va de frente. Es un ser entrañable, de esos que te reconcilian con la humanidad al conocerlos. Es una persona de las que vale la pena. Y sólo por el hecho de haberle conocido, esta isla cobra más valor. Y tanto Alberto como yo sabemos que lo primero que recordaremos siempre al pensar en esta isla y en los días pasados en ella, será en nuestro amigo Jerie, El Rey del Pan.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz 

EL TIEMPO SIEMPRE VUELA PARA LOS VIAJEROS


Sin ni siquiera darnos cuenta, ni percatarnos de ello, los días nos pasan volando. Amanece y en un parpadeo, en un abrir y cerrar de ojos, ya es de noche. Cuando tomo conciencia de la hora que es, siempre recuerdo a Osbelia y sonrío. Osbelia me ha dicho en infinidad de ocasiones que cuando pierdes la noción del tiempo es porque eres feliz. Todavía me carteo con ella. Ayer mismo le escribí una carta, desde aquí, desde la casa de la isla, desde este nuevo enclave que habitamos Alberto y yo. Osbelia de alguna manera, me recuerda a la Osbelia del deshollinador de la historia que me contaba mi bisabuela. A veces, me gusta imaginar que son la misma persona, aunque sé que es algo imposible, pues cada una pertenece a una época distinta. Y además la Osbelia del deshollinador se quedó detenida en el tiempo como una muchacha joven. En cambio, mi Osbelia, a día de hoy es anciana, tanto, que su piel parece un delicado pergamino. No obstante, su edad no le ha restado ni un ápice de ingenio, ni de lucidez. Posiblemente, de todas las personas que pueblan mi existencia, Osbelia es la persona más lúcida y de mente más abierta. Cuando la conocí ya vivía en su pequeño apartamento de París donde todavía vive. Pero ahí donde la ves, es una mujer que ha recorrido todo el mundo y ha vivido en infinidad de lugares puesto que fue una de las primeras maquinistas de la historia del ferrocarril. Vivió alrededor de cuatro décadas en América, sobre todo en Boston, pero para su vejez decidió regresar a la ciudad que la vio crecer: París. Y, en París, la conocí yo. Y es a París donde le envío las cartas. Nos conocimos en unos prestigiosos grandes almacenes de la capital francesa, concretamente en la sección de cosméticos. Ambas buscábamos una barra de labios de un color determinado y ambas reímos al unísono al ver la cara de la dependienta cuando pensó que tal vez ella tenía demasiados años para escoger la misma barra que había escogido yo. Osbelia al ver el rostro de la muchacha le espetó: «Debería saber mademoiselle que cualquier mujer, tenga la edad que tenga, sólo está realmente preparada para afrontar los avatares de la vida cuando lleva maquillados los labios. De ese modo, le aseguro, que es capaz de todo. Así que déjese de remilgos y atiéndanos como es debido a esta jovencita y a mí.» Al oír a Osbelia, el rubor cubrió las mejillas de la dependienta, y automáticamente bajó la cabeza y musitó un: «Sí, madame.» Y, sin haberlo hecho a propósito, ese instante fue el cimiento de nuestra amistad. Desde ese glorioso momento, la admiro; por ello, la frase que le dijo a la dependienta se quedó grabada en mí sin necesidad de memorizarla. Minutos después, tras comprar nuestras respectivas barras de labios, las dos nos sentamos en la chocolatería de los grandes almacenes y cuando Osbelia se fijó en que pedimos lo mismo, soltó una sonora carcajada. Aquello me gustó. Yo también reí. Me gusta la gente que ríe con facilidad y no esconde la risa. Entonces fue cuando ambas nos dimos cuenta de que podíamos ser amigas y que la diferencia de edad no iba a ser ningún impedimento para ello. Las dos tenemos un carácter abierto y avispado, nos gusta conversar y con el tiempo nos hemos dado cuenta de que compartimos la misma opinión sobre muchos temas. Allí sentadas hablamos, hablamos y hablamos y perdimos la noción del tiempo, cuando nos dimos cuenta, Osbelia me dijo por vez primera: «No te olvides nunca de que cuando pierdes la noción del tiempo es porque eres realmente feliz.» Esa fue una de las primeras enseñanzas sobre la vida que Osbelia me dio. Por aquel entonces, Osbelia tenía la costumbre de darme consejos sobre la vida sin yo pedírselos. Consejos que yo anotaba mentalmente para no olvidarlos cuando abandonase París. Y fue al marcharme de París cuando empezamos a cartearnos, ya que a las dos nos gusta saber de la otra, pero sobre todo porque nos gusta escribir cartas. En las mías yo le cuento las aventuras que vivo en cada momento y en cada lugar por donde Alberto y yo transitamos, mientras que ella me cuenta en las suyas las que vivió en su tiempo. Me entusiasman sus cartas, pues todas juntas forman un todo que da fe de la vida de una auténtica pionera que es lo que para mí representa Osbelia. Valoro tanto sus cartas que las guardo como un tesoro junto al regalo que me hizo antes de que yo me fuese de París. Con emoción Osbelia me llevó a un estudio de fotografía. Concretamente al de J. Briffault para que éste nos hiciese una fotografía de las dos juntas. Luego nos hizo dos copias y cada una tiene la suya. Recuerdo bien ese día, porque fue cuando me dijo que de tener una nieta le hubiese gustado que fuese como yo, puesto que yo amo las palabras antes que los números, las historias antes que los chismes, pero sobre todo porque tengo altura de miras, y según ella, esa es la mejor de las virtudes, porque te permite volar libre. Y añadió: «Las ataduras mentales son lo peor del mundo, hija mía.» 


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz 

EL VIEJO LOCO DE LA ISLA


«Y en ese nuevo mundo había quien penaba sus penas de amor vertiendo lágrimas y otros, los más sabios, las penaban comiendo pan y dejando que el tiempo volatilizará aquel sentimiento de traición.» ¡Fascinante! Me pareció desde un primer momento realmente fascinante la historia que me contaba Didier. Didier es como el punto negro de la isla. Todos le evitan ya que creen y lo creen como si de una certeza se tratase que rondarle te echa encima la mala suerte, de modo que los vecinos llevan a rajatabla lo de evita la ocasión y evitaras el peligro. Didier es un viejo loco y se sabe que está loco porque se comportaba como tal, es decir, da vueltas sobre sí mismo, gira sobre su propio eje y repite sistemáticamente los mismos comportamientos y movimientos, y también tiene siempre la misma actitud. Cuenta desde hace muchísimos años la misma historia, una vez tras otra. La ha repetido tantas veces que ha erosionado su día a día, su tranquilidad y los mimbres con los que está hecho. Esa historia ha sido para él como la gota que cae siempre en la misma superficie hasta agujerearla, le ha agujereado a Didier el cerebro.
Descubrí a Didier una mañana en que Alberto se fue a fotografiar el fondo marino y Nuna y yo que le esperábamos correteando por la playa, le vimos sentado en un banco frente a la mar. Desde ese día nos dimos cuenta de que cada día que pasábamos por allí, Didier estaba siempre sentado en el banco, dándole la espalda al mundo. Pero cuando yo tenía la intención de acercarme a él, Nuna ladraba y yo obedeciendo a la perra, daba la vuelta y me marchaba, prometiéndome que a la mañana siguiente le preguntaría a aquel hombre quién era. De modo que una mañana en que el cielo estaba cubierto de nubes y éstas estaban preñadas de lluvia me decidí a verle el rostro y a escuchar su voz, y en un ataque de valentía e imprudencia mandé callar a Nuna y me acerqué al banco donde estaba sentado Didier. Aproximarme a él por detrás no me pareció correcto, no quería darle un susto por nada del mundo, así que grité: «Buenos días, señor.» Alcé tanto la voz que incluso yo misma me di cuenta de lo estridente que había sonado el saludo.
—Buenos días, forastera —me respondió Didier.
—¿Cómo sabe que soy forastera?
—Porque todas las mañanas, desde un tiempo a esta parte, os veo pasear a tu perra y a ti. Y sé que no sois de aquí.
—¡Ah!
—¿Ya os vais a vuestro país? —me preguntó Didier.
—No, de momento no, señor.
—¿Cómo se llama tu perra?
—Ella es Nuna.
—Mi nombre es Didier. Encantado de conocerte Nuna —Didier le hizo una reverencia a Nuna y yo no pude evitar reírme.
—¿Me permite hacerle una pregunta? Aunque esto ya es de por sí una pregunta. Me refiero a otra pregunta, además de la que le acabo de realizar.
—Sí. Claro ―me respondió el hombre.
—¿Por qué siempre está sentado aquí solo, sin hablar con nadie? —al verle la cara a Didier me di cuenta de que no era ningún adefesio, ni tenía verrugas, ni ninguna cicatriz, ni nada que pudiera resultar desagradable a la vista y repeler por tanto a la gente. Incluso, pensé, que alguna vez debió de ser guapo. Por eso me extrañó la soledad que desprendía, a no ser que fuese buscada.
—¡Huy! Porque ya nadie quiere oír mi historia. Todos los de esta isla la conocen. Están hartos de mí. La gente se harta y uno se vuelve invisible.
—¿Puede contármela a mí? Yo no la sé, y Nuna tampoco.
—Eso es magnífico. ¿En serio quieres escucharla?
—¡Claro que sí! Por supuesto. Me encantan las historias.
—¿Quieres que empiece ahora? Te aviso de que es larga.
—No. Ahora no. Mejor mañana. Ahora Nuna y yo debemos volver a la casa, además creo que de un momento a otro va a llover. ¡Mire, ya están cayendo las primeras gotas!
—Vale. De acuerdo. Entonces hasta mañana. ¡Corred chicas! ¡Corred antes de que os alcance la lluvia! —dijo Didier, y Nuna y yo echamos a correr hacia la casa. La tormenta había decidido descargar sobre la isla y corrimos bajo la lluvia, empapándonos felices pues había una cierta belleza salvaje en aquel acto de correr y no poder evitar calarse hasta los huesos. Cuando llegamos a la casa estábamos empapadas y sin resuello y Alberto nos miraba maravillado. Me percaté, en ese momento, de que cuando empezó a llover, Didier no se había movido del banco. Nos ordenó que corriésemos, pero él no se movió. Sin embargo, desestimé el pensamiento por absurdo y no le di más vueltas. Y a la mañana siguiente cuando el hermoso sol nos cubrió a todos de gloria, y Nuna y yo nos dirigimos al banco de Didier, sin entretenernos con nada, ni con nadie, ni en ningún lugar y le encontramos allí, en la misma posición y con el mismo semblante, con la ropa todavía húmeda, el pensamiento que había desechado el día anterior regresó a mí, pero no osé en preguntarle si lo que intuía era real. De modo que de nuevo lo dejé estar y tras darle los buenos días, le invité a degustar y comer unos panecillos rellenos de mermelada de melocotón que Alberto había traído de la panadería y que yo había colocado en una bolsa de papel para compartirlos con Didier.
—¡Oh! ¡Excelente! —exclamó Didier.
—¿Le gustan?
—Están riquísimos —me respondió Didier, que devoraba los panecillos como si llevase siglos sin comer.
—Me alegro de que le gusten.
—¿Por qué me has traído panecillos? —le preguntó Didier.
—Porque Alberto me ha enseñado que a quien te cuenta una historia, siempre se le debe dar algo a cambio. Si no trae mala suerte. Pues las historias no pueden ser gratis. Se le ha de pagar con algo a quien te las cuenta.
—Sabio consejo. ¿Quién es Alberto?
—Un viajero. ¿Me va a contar su historia?
—Si te empeñas forastera.
—¡Claro que sí! Soy toda oídos. ¡Vamos, Didier, cuénteme la historia! —y Didier se puso a contarme su historia y en verdad era larga porque habían trascurrido tres horas cuando llegó el final de la misma: «Y en ese nuevo mundo había quien penaba sus penas de amor vertiendo lágrimas y otros, los más sabios, las penaban comiendo pan y dejando que el tiempo volatilizará aquel sentimiento de traición.» La historia me fascinó y así se lo hice saber. Por ello aplaudí cuando Didier la finalizó y aunque la historia tenía todas las hechuras y componentes de una historia de amor que termina mal, por tanto, era muy triste, me pareció muy pero que muy hermosa. Didier no se tomó a mal los aplausos, entendió que aplaudía por la narración en sí, no porque me alegrase de que él fuese el protagonista de un romance malogrado. Y mientras Didier disertaba sobre la exactitud y lo gratificantes que resultan ser los aplausos, le pregunté:
―¿Podrá contarme otras?
—No. No tengo otras. Solo tengo una historia y es la que te he contado. Puedo contártela todos los días si quieres, pero siempre la misma. Por eso ayer te dije que toda la isla la conoce. Se me han acabado los oyentes.
—¿Y por qué no va por los caminos del mundo? En ellos, encontraría a muchísima gente dispuesta a oír su hermosa historia y cada vez los oyentes, como usted los llama, serían distintos. Podría ser algo que estuviese bien —Didier rió al oírme.
—No te digo que no. Me lo pensaré. Quizás sea hora de irme a otro lugar —me dijo Didier, pero lo dijo de la boca hacia afuera, para no desilusionarme. Sin embargo, Didier de sobra sabía que no se movería de aquel banco ni un centímetro. Y yo también lo supe. Pero no soy nadie para robarle la ilusión ni las esperanzas a otro ser vivo, ni mucho menos, para destapar una mentira piadosa. Por ello volví a callar como con lo de la lluvia. Cuando nos despedimos le prometí a Didier que Nuna y yo volveríamos y así lo hicimos, aunque más de un vecino me advirtió de que frecuentar a Didier atraía a la mala suerte. Sin embargo, yo me sentía inmunizada pues cada vez que iba le traía panecillos, es decir, pagaba por su historia y alejaba con ello lo gafe que pudiera haber en Didier. Pero incluso, Alberto, que no suele meterse en mis experimentos, ―que es como él llama a mi forma de intentar comprender el alma humana para retratarla después con palabras―, me dijo que fuese con cuidado. Al frecuentarlo me di cuenta de que si bien era verdad que contaba siempre la misma historia mientras comía panecillos, cada vez que lo hacía, cambiaba aspectos de la misma. Y como las variaciones y los matices eran diferentes y notables, la historia cada vez tenía un color distinto. Eso me tenía deslumbrada. Sé que hay muchas maneras de contar una misma historia y con Didier lo comprobaba y Nuna y yo volvíamos de cuando en cuando para oírla de nuevo, igual pero distinta. Y en esas visitas a Didier, me pregunté cuánta locura puede acarrear la soledad no buscada. Entendí que uno para hacer ciertas cosas tiene que sentirse muy solo, e intuí que de ahí a acabar loco sólo hay un pequeño trecho. Aunque al principio me costó admitirlo, al final acabé pensando como todos, que Didier está loco. Puesto que giraba sobre sí mismo y ni siquiera se percataba de que Nuna y yo estábamos delante; y aun pudiendo hablar conmigo de otras cosas, como había hecho los dos primeros días, se limitaba sólo a contar su historia. Didier jamás volvió a realizarme una sola pregunta. Y la sorpresa, el disgusto y la verdad me llegaron una mañana cuando le realicé a Didier una pregunta trivial y su respuesta me sumió en el desconcierto, pues gritó: «¡Ah! Esta maldita cabeza con su vocecita. ¿Por qué no me deja en paz? ¿Por qué me atormenta con estupideces?»
—Pero señor Didier… —le dije, turbada.
—¡No! ¡Cállate!
—Pero es que no es su cabeza, no soy una voz dentro de su cabeza. Soy real. Yo existo. Nuna existe. Somos reales. Estamos aquí —y le toqué la manga del gabán a Didier, pero ni siquiera se percató de ello.
—¡No! ¡Eres solo una vocecita que me atormenta! ¡Estás dentro de mi cabeza! ¡Eres una ilusión dentro de mí y a las ilusiones no hay que hacerles caso! ¡No existes! ¡No eres verdad! ¡Tan solo eres una ilusión!

Desde ese instante, desde ese día en adelante, no nos hemos acercado más a Didier. Ya que yo abandoné el banco francamente triste y Nuna ladrando como una fiera. Probablemente si hubiese querido regresar al lado de Didier, Nuna me lo hubiese impedido. Pero no hemos vuelto. Soy consciente de que seguramente Didier no sabe ni siquiera que existimos, ni que habló con nosotras. Y a una pregunta de Alberto, le dije: «Esta vez la gente tenía razón: Didier está loco de atar. Puedes estar tranquilo, no volveremos a ir nunca más.» Por tanto, Alberto, si estaba preocupado, ya no tiene de qué preocuparse. Pues, sabe que cuando cambio de opinión y renuncio a un experimento, jamás es un punto y seguido, sino siempre es el punto final. De ese modo, el experimento queda fuera de mi vida, quedándome yo con la enseñanza de la experiencia. Además los dos, tanto Alberto como yo, pensamos que cuando algo no se queda en la vida de uno es porque en realidad no le hace falta. Día a día se puede observar como la vida fluye y aleja de tu camino aquello que no es para ti y que incluso no te conviene, de la misma manera como coloca delante de ti lo que sí que te pertenece. Así que si dejas a la vida fluir, ella se encarga de ti y todo empieza a marchar. Entonces el sosiego toma forma y deshace las agitaciones. Serenamente, con los ojos abiertos, debes dejar siempre que la vida fluya y discurra y tú discurrir con ella. Y aunque al final, lo vivido con Didier ha resultado ser un chasco, una mala experiencia, nunca renunciaré ni renegaré de la humanidad. Pues lo importante es la enseñanza, el conocimiento, el aprendizaje que extraes de cada experiencia, y además de sobra sé que la vida está poblada de buenas y malas experiencias como de buenas y malas personas. Pero todo ello, al fin y al cabo, forma parte de eso que todos llamamos y conocemos como: vivir. Jamás renunciare a conocer gente y a experimentar, porque me atraen las personas y lo que sus corazones albergaban, como a otros les atraen las atracciones de feria. Alberto piensa que mi forma de ser me hace tener muchas más experiencias y con ello y por ello tengo más alegrías y desencantos o chascos de los que tiene una persona más reservada, menos curiosa y menos osada. Él, a menudo, querría aislarme y protegerme y de ese modo evitarme así todos los sinsabores y el daño que puedan causarme terceros, pero sabe que eso es un imposible. Lo sabe del mismo modo como sabe que en mi naturaleza está escudriñar el alma humana sin remedio y que así será hasta el fin de mis días. Lo sabe de sobra, pues es mi modo de crecer.


Besos y abrazos a tod@s. 
María Aixa Sanz