martes, 21 de noviembre de 2017

FINALES FELICES


No sé hasta qué punto somos conscientes de lo mucho que las personas estamos necesitadas de finales felices. Por ello, aplaudo cuando estoy ante una creación cuya principal y tal vez incluso única ambición es esa, la de darle al espectador o al lector, un final feliz. Encuentro muy meritorio el llevar a cabo un proyecto que tenga por objetivo ese fin. Hay pocas cosas en el mundo tan hermosas como realizar a propósito algo para que otro ser sea feliz. 
Hacer feliz a los otros, ingeniárselas para provocar en los otros unos instantes de dicha es un acto de generosidad sin igual. Todo ser vivo, no sólo el ser humano, necesita su dosis de felicidad. Ya sea diaria, semanal, mensual. Por eso, no es inexplicable que en los días de frío, en las horas en que la niebla y el silencio son los únicos habitantes del exterior, en los días en que la lluvia es el sonido de fondo, o en las tardes y noches en que los copos de nieve dotan del marco ideal para no querer moverse, toda persona busque arrellanarse en un sofá y busque a través de la lectura o del visionado de una ficción la felicidad prometida en el título. Existen pocos momentos tan reconfortantes como los que se disfrutan viendo o leyendo una historia que aunque el protagonista pase malos ratos, se sabe de inicio que la trama acaba bien. ¡Pues a quién queremos engañar! Nos gustan, nos encantan los cuentos con final feliz. Y como la existencia en sí es ardua, trabajosa, incluso a ratos un imposible, es lógico querer envolverse a modo de manta con ficciones en que el final feliz del cuento es un hecho, para que así todo nuestro ser se pueda relajar. Los cuentos con final feliz son nuestra forma de tomarnos un respiro. Es como decirle a la vida: «Detente, necesito una tregua, unos minutos. Necesito aire, oxígeno, antes de proseguir.» Para después, cuando el final feliz se ha materializado ante nuestros ojos, sentirnos como niños el día de su cumpleaños, es decir, sentirnos infantiles, pletóricos, felices como si la vida se hubiese vuelto ligera y liviana en un pispás. La consecuencia de los cuentos con finales felices es que por unas horas no sentimos la gravedad del ser. Nos tornamos seres ingrávidos y eso resulta ser una maravilla. ¿A qué sí? 
Entonces, ya que estamos de acuerdo y visto lo visto, deseo, lectores míos, que ahora que noviembre ya ha recalado en nosotros para dar paso a diciembre, dispongáis para disfrutarlas de unas cuantas novelas y películas que os aseguren desde un principio un final feliz, y ya puestos, también deseo para vosotros que tengáis en vuestra vida un príncipe o una princesa que sin que tenga mucho cuento os ofrezca, os regale, os escriba un final feliz, pues no os merecéis menos.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

sábado, 18 de noviembre de 2017

PERMEABLES AL ODIO

 
 
La cotidianidad unas veces mediante unas personas y otras a través de otros canales, me plantea preguntas que se quedan en mí como pensamientos que vagabundean por mi cabeza hasta que no les doy voz. Esos pensamientos vagabundos me obligan a escribir, lo quiera o no, un artículo tras haber reflexionado sobre ellos durante horas incluso días, y es sólo entonces cuando les construyo un hogar a través de la palabra escrita cuando me dejan espacio para que dedique mi tiempo a otros asuntos. Y la pregunta o preguntas que hoy me han estado asediando durante unas cuantas horas a raíz de ver un documental, han sido las que a continuación os voy a trasladar: ¿Soy permeable al odio? ¿O la inteligencia en cierta medida nos puede dotar de la impermeabilidad necesaria para no sucumbir al odio?
Lo he estado rumiando durante la comida, masticaba y pensaba, como los camellos y cuando iba por el postre ya tenía en mi poder la respuesta, ya la había apresado: Sé que no soy permeable al odio. Os lo aseguro. El odio no deja de ser una especie de fanatismo. El odio desgasta más a quien odia que al odiado. Es un sentimiento demasiado irracional para alguien como yo. No odio a ninguna persona por algo que me haya podido hacer, puedo sentir rabia, una inmensa rabia, y si puedo vengarme sé que no me quedaré de brazos cruzados. Vengarse no convierte a las personas en malas personas. Es sencillamente un acto de justicia. De lealtad contigo mismo, con tu orgullo, con tu honor, con tu dignidad. Vengarse es la honestidad poniendo los puntos sobre las íes, es la restitución del daño. Es un decir: «Aquí estoy yo. Y es ahora cuando pongo el punto y final.» Mi ley es: «Si te metes conmigo, si intentas cagarme la vida, o si dañas a quien yo amo o a lo que amo, no saldrás impune.»
En cuanto a odiar, puedo no hacer aprecio, pues no hay mejor menosprecio ni desprecio que el de no hacer aprecio. Es decir, ser indiferente. El de la indiferencia sí que es un sentimiento que habita en mí, el odio no. El odio es un dislate, un sentimiento descabezado, una especie de locura, además es un arma de doble filo, un búmeran que acaba contigo. La indiferencia es racional. El odio no. Yo soy persona de sentimientos racionales, sólo le permito al amor, —el más irracional de los sentimientos—, aflorar en mí, pero tampoco le doy carta blanca, puesto que no me verás amando a alguien si antes no ha pasado por el filtro de la razón. Yo amo a quien amo por ser quién es, por ser cómo es. Porque tengo muchísimas razones para amarle. Pero soy incapaz de amar a alguien al que mi razón no le haya dado el visto bueno. De modo que como el odio no es un sentimiento que atienda a la razón, no está en mí, y, ya lo de odiar a un colectivo por el hecho de ser tal o cual cosa me parece que sólo obedece a una falta total de inteligencia. A un despropósito de una magnitud considerable. Me considero una persona inteligente, cabal y pragmática. Tengo los pies siempre en el suelo, y necesito saber por qué hago las cosas. No actúo sin antes haber reflexionado. Y sé que nunca he odiado, como también sé que no soy rencorosa, porque primero debería entender de qué me sirven esos sentimientos, qué me aportan. Salvo el socavar la paz de mí día a día. Puesto que lo que sé sobre el odio y el rencor es que van minando a quien los posee, si no mirad las caras de quien sabéis que odian o que son personas rencorosas. Quien me conoce bien, sabe que jamás pondré en jaque mi bienestar emocional ni personal ni físico. Jamás tiraré piedras sobre mi propio tejado. Ni perderé el tiempo en sentimientos que me hagan zozobrar a mí. Y cada vez que he constatado o comprobado cómo alguien me ha odiado, pero con un odio feroz fruto de una sinrazón total, me ha entrado la risa, porque he pensado que mejor les iría en la vida a todos los que odian, incluso a quien me odia a mí, si invirtiesen su tiempo y su vida en buscar sosiego y dicha. Odiar me parece un desperdicio de la vida que el Universo nos ha regalado, y sé que yo nunca desperdiciare ni un minuto de la belleza de la vida en sentir algo que no sea sentir en positivo. Si amas la vida no puedes odiar. Es tan reconfortante sentir en positivo que no concibo otro modo de estar en este mundo que ese. Así que de permeabilidad nada de nada. A odiar a otra parte, conmigo que nadie cuente para tal menester.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz 

domingo, 12 de noviembre de 2017

HALLAZGOS


Un día en que me sentía especialmente ávida de una lectura, me precipité, —como hago muchas veces cuando estoy en casa—, a escarbar entre los libros de la biblioteca familiar. Fue entonces cuando sin esperarlo hallé algo que iba más allá de lo que había ido a buscar. Pues al tomar entre mis manos dos libros para ver por cuál me decidía cayó a mis pies una postal que jamás había visto, y eso que la biblioteca familiar no es lugar desconocido para mí. En ese momento, pensé que si no la había visto con anterioridad, era porque igual en tantos años deambulando por aquellas estanterías nunca me había detenido exactamente delante de esos dos ejemplares para sacarlos de su hueco. Deduje inmediatamente que la postal no se encontraba dentro de ellos sino entre ellos. Y como si hubiese esperado ese momento durante toda su vida voló con un vuelo ligero de pluma hasta quedar a mis pies. Al agacharme para recogerla vi que el dibujo impreso en su anverso era especialmente hermoso y no sé por qué razón contemplarlo me llenó de sosiego, de calma. Facultad que todavía hoy conserva. La imagen de tonalidades grises, blancas y marrones de una escena de tres caballos en la nieve y envueltos en la niebla me resultó y me resulta balsámica. Eso fue en lo primero que reparé al observarla detenidamente, no pensé en nada más, ni siquiera intuí que el encuentro no acababa ahí. Pero os aseguro que estaba muy lejos de adivinar lo qué iba a descubrir y a sentir cuando le diese la vuelta. De modo que sin pensarlo dos veces, sin pensar en nada, sólo obedeciendo a mi curiosidad, giré la postal y al ver el reverso de la misma, todo mi cuerpo se estremeció y algo muy parecido a la felicidad del reencuentro me invadió, pues vi la letra de mi abuelo. Me encontré de bruces después de muchos años con la letra de mi abuelo y con dos frases que él había escrito con su letra pulcra. Un pequeño texto, dos frases, unas palabras que mi corazón y todo mi ser, inmediatamente, hizo suyas y abrazó y albergó como agua de mayo. No había reparado hasta ese momento de cuánto extrañaba la letra de mi abuelo; una letra que él había desarrollado a lo largo de su vida, impregnándola de su propia personalidad, desde que había aprendido a escribir durante la guerra. Frente a mí y entre mis manos tenía su letra y tenía sus palabras pero sobre todo le volvía a tener a él. Lo que en su día había escrito en el reverso de aquella postal eran frases que tenía su peso, eran oro puro y pura vida, eran consejo y consuelo, eran su sabiduría. Mi abuelo en el reverso de su postal había escrito: «Sé la sonrisa y la luz en la oscuridad de alguien. Pues en tu interior existe la fuerza y el poder para serlo.» Y del mismo modo como sabía sin ninguna duda que era su letra, desconocía la razón por la cual la postal se había quedado allí. Si era porque se había olvidado de enviársela a su destinatario del que no había escrito ni nombre ni dirección o si estaba allí por algo todavía más grande como presentarse ante alguien en el futuro. Contemplar la segunda posibilidad como algo factible no era extraño. Pues todo aquel que tuvo la fortuna de tratarlo, y me consta que fue mucha pero muchísima gente, sabe que siempre fue hombre de ocurrencias y sorpresas, intrépido y aventurero, por tanto no es para nada un hecho raro ni inconcebible encontrar a fecha de hoy, mensajes suyos repartidos por doquier. Pero lo cierto, lo que en verdad estaba sucediendo, más allá de las conjeturas que yo pudiese hacer es que allí estaba yo con la postal. Recuerdo que volví a leer el mensaje; una, dos, tres y cuatro veces: «Sé la sonrisa y la luz en la oscuridad de alguien. Pues en tu interior existe la fuerza y el poder para serlo.» Sentí un profundo orgullo de ser la nieta de un hombre como él y supe que no quería desprenderme de aquello que era un mandato de mi abuelo a alguien. Por tanto, me pregunté a mí misma: ¿Por qué no podía ser yo ese alguien? 
Así que yo que tengo sus mismas maneras en el modo de proceder y de ser, y con mi carácter idéntico al suyo, —aventurero e intrépido—, actúe como lo hubiera hecho él: con determinación. Me la quedé. La deslicé hasta el bolsillo trasero de mis jeans. Ya que era consciente de que no quería vivir en un mundo donde existiesen esas palabras de él, escritas años ha, y no tenerlas en mi poder para que me acompañasen a todas partes. 
Llamadme egoísta si queréis, os lo permito, lectores míos. Pero no pude resistir la tentación de no quedarme con la postal, y aunque pensé que lo correcto sería dejarla donde la había encontrado porque no era mía, no pude, porque en cambio, sentí que sí que lo era. Además, sabía que si la dejaba allí volvería a perder de nuevo a mi abuelo por enésima vez y no quería volver a pasar por lo mismo. Desconozco cuántas veces un ser vivo es capaz de perder a un ser al que ama y no poner remedio. Yo no pude, lo confieso, y ahora la postal habita dentro de uno de mis libros y me reconforta contemplarla y leerla casi que todos los días. Es para mí una especie de talismán, de amuleto. Porque sí tengo la postal, con las palabras escritas por mi abuelo, le tengo a él. ¿Y cómo renunciar a eso?


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz  

jueves, 9 de noviembre de 2017

LO QUE TIENE LA EDAD


«Hay que caminar como un camello, 
del que se dice es la única bestia que rumia mientras anda.»
—Henry David Thoreau—


Lo que tiene la edad paradójicamente es que tal como vas perdiendo vista aumenta tu habilidad y aptitud para ver. Lo ves todo con una clarividencia que te deja como poco perpleja. Ves cada matiz, cada requiebro, cada tonalidad. Tanto de los seres vivos como de los recuerdos yacentes y dormidos. No se escapa del filtro que otorga la experiencia acumulada durante años, ni las personas, ni la naturaleza, ni los animales, ni las cosas. Todo, absolutamente todo, tiene que enfrentarse a la sabiduría que ha apresado tu mirada. Pues si bien tu vista no es capaz de leer una letra de tamaño pequeño o minúsculo sí que tu mirada es capaz de ver lo que en otras épocas no le fue posible. Y ante tal hecho el asombro es tal que no puedes dejar de pensar que has alcanzado otro nivel, que has obtenido un gran logro. Y con esa mirada nueva, con esa habilidad para ver lo que antes no veías, puedes vislumbrar con claridad, y ya que estás comprender cómo de trascendental es saber detenerse a tiempo cuando uno ya ha conquistado la cumbre, puesto que de lo contrario, de seguir adelante lo único que se va a conseguir es una caída en picado que se llevará por delante el prestigio obtenido con tanto ahínco y esfuerzo. Sí, lo que tiene la edad es que te da las armas para ver el ridículo en los otros y en ti, por ello puedes librarte de él. Porque nada hay peor que el ridículo cuando uno tiene ya una edad. Del mismo modo como en la juventud todo es perdonable, el ridículo cuando se tiene una edad es doble ridículo. Así que lo que tiene la edad es que la edad en sí es el mejor de los regalos. Sólo hay que ir cumpliendo años para saber que lo que estoy relatando en estas líneas no es ninguna sandez. Por eso, cuando llegan los cumpleaños en mi deseo siempre está cumplir muchos más y hacerlo con coherencia y honestidad. Por tanto, os deseo tres cuartos de lo mismo a todos vosotros, lectores míos. Cuando cumpláis años no deseéis nada más para vosotros que ser quienes sois en realidad. Jamás os engañéis a vosotros mismos, sed honrados siempre con vuestro yo más íntimo, ya que es la única forma de vivir en paz. 



Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

lunes, 6 de noviembre de 2017

Mr. Cohen


«The keep our hearts open is probably the most urgent responsability  you have as you get older.» 
Leonard Cohen

sábado, 4 de noviembre de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para noviembre. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

martes, 31 de octubre de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el último día de octubre. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

lunes, 30 de octubre de 2017

CAMINAR CONTRA EL VIENTO



«Vivir no es sólo existir, sino existir y crear, 
saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar.» 
—Gregorio Marañon—


Pongo música suave: jazz. Y me dejo llevar para crear mundos de la nada en algunas tardes de asueto, tardes de esas: distendidas, relajadas, sin horarios, sin prisas. Lo hago con todos los sentidos abiertos y con la emoción de no saber qué va a salir de mí. De la misma forma puede ser un collage o una carta escrita expresamente para alguien muy especial o un artículo en el que desarrollo un pensamiento que vaga desde hace días por mi cabeza. Soy una persona de ocios tranquilos donde o bien disfruto del espectáculo que es la naturaleza o de la creación que en principio no lleva consigo ninguna intención, ningún objetivo concreto, salvo el de proporcionarme bienestar. Dicen que la creatividad es la inteligencia divirtiéndose. Y lo es. Por ejemplo: elaborar collages me destensa. Tener sobre la mesa un papel en blanco e ir pegando al libre al albedrío en él trocitos de otros materiales con diversas imágenes con el fin de formar una composición me relaja. Como también me relaja escribirle una carta personal a alguien a quien conozco muy bien, pues pocas cosas hay tan hermosas como trasladarle tu hoy a otra persona con el suave balanceo de los sentimientos que te invaden al escribir desde la verdad y desde la confianza. Y qué decir de ir desarrollando un pensamiento que vagabundeaba por tu mente, buscando asilo o una ventana para ver la luz, y tornarlo artículo. Siempre me ha dado una enorme tranquilidad el ir colocando una palabra tras otra, hasta formar con un orden exacto, un texto transmisor. El hecho es que ordenar palabras para construir un artículo, el dejarme llevar en una carta mostrándole mi corazón a otro ser o el componer una imagen en forma de collage, solo por el placer de elaborar algo que hasta ese momento no existía, me vacía la mente de las cosas que no quiero que estén en ella. Así que dejar que mi inteligencia se divierta, —creando—, es algo muy parecido a caminar contra el viento. Ése que primero te vacía, luego te limpia, para seguidamente avivar todo lo positivo que hay en ti. De tal manera que la mayoría de las veces me gustaría quedarme a vivir durante días en esas tardes de asueto de tan sanamente liberadoras como son. Y vosotros, lectores míos, ¿de qué modo os liberáis de lo que en verdad os estorba, os molesta, os fastidia? ¿Cuál es vuestra forma de caminar contra el viento?


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

viernes, 27 de octubre de 2017

UNIVERSOS PARALELOS



Una espesa y densa niebla lo cubre todo, el sol apenas se ve. En esta época, al día le es difícil amanecer. Que el sol traspase y rompa la oscuridad es algo demasiado parecido a un milagro. No se ve el pico de las montañas, ni si quiera buena parte de ellas. Se nota  en el ambiente desde hace varios días que ha comenzado el inverno. Hace frío. En este exacto momento con una taza de café humeante entre las manos, viendo como el sol se bate el cobre con la niebla, sé que debería ir a buscar una prenda de abrigo. Pues no hay duda: el frío llego. También, desde hace varias noches, un sopor profundo y pesado me invade y al quedarme dormida se repite en mi cabeza el mismo sueño. Me veo caminando con la misma persona por las calles del mundo, más bien por paseos y malecones antes que por calles estrechas. Conozco a ese viandante que me acompaña en el mundo de los sueños. En él caminamos como si caminar juntos fuese algo habitual y mientras andamos: reímos, hablamos, nos buscamos las cosquillas, miramos fachadas, reparamos en quienes se cruzan con nosotros, observamos cómo la vida pasa. Sin embargo, sé que fuera de los sueños, en la realidad, jamás he caminado junto a esa persona por ningún lugar. Ni siquiera un pequeño tramo, unos cuantos pasos. Entonces, al despertarme no puedo evitar preguntarme si hay un universo paralelo en el que camino con él, en el que caminamos juntos con frecuencia, y por alguna extraña razón esa realidad paralela mientras duermo profundamente toma forma, cobra vida, se manifiesta. Sé que hay personas que creen en los universos paralelos e imaginan que en ese universo paralelo su vida transcurre con tan solo lo bueno, bonito y positivo que les sucede en su real y auténtico día a día. Es más, sé de gente que ante una fatalidad tan desgarradora y cruel como es la muerte de un ser querido, para soportar esa pesada carga, se imaginan que en un universo paralelo viven la vida como si ese ser estuviese vivo junto a ellos. Es muy arriesgado pensar y creer que hay mundos paralelos donde la muerte y el mal, donde la mala hora y la oscuridad, no existen. Pero también es verdad que cada cual, haciendo de su capa un sayo, es libre de pensar y creer en lo que le dé la gana con tal de sobrevivir. Por eso jamás rechazare de plano los ardides y las estratagemas a las que cada uno se aferra para ir tirando. No cabe en mí, ni el rechazo ni la negación, puesto que en el momento más inesperado te invade esa sensación de que cierta situación ya las has vivido y que tan bien describen los franceses como: Déjà vu. Y, por ello, por tener la sensación palpable de que algo ya lo has vivido cuando sabes que no es el caso, quieras o no, te obliga a preguntarte si no será verdad que los universos paralelos existen. Universos donde el sol no debe pelear para que el amanecer con su luz ilumine el mundo y a nosotros, llenándonos de dicha. ¿Vosotros, lectores míos, qué opináis? ¿Pensáis que de existir, existen, los universos paralelos? 



Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

jueves, 26 de octubre de 2017

INDIAN CREEK


«Yo, sin embargo, continué girando en todas direcciones, estremeciéndome en mi pequeña percha, tratando de ver lo que ya no era visible, lo que no había tenido tiempo suficiente de admirar en aquellos pocos minutos: quería impregnarme de todo lo que había visto en los últimos meses, como si aquel segundo amanecer hubiera derramado luz sobre algo más que las montañas.»



 [#lecturasquesuman: Lecturas de 12, es decir, las que te invitan a subrayarlas con un lápiz.]

viernes, 13 de octubre de 2017

POR ENCARGO


Como en otras ocasiones os he comentado, mucho de lo que escribo, es previo encargo. Hace unas semanas recibí el encargo de escribir una historia de amor en la que la Navidad estuviese presente, si alguno de vosotros ha leído mis novelas sabe que no soy de escribir historias de amor, es más, mis novelas distan mucho de lo elementos, las hechuras y de lo que se espera de una historia de amor. Al leer la propuesta tuve ganas de desestimarla pero como no soy impulsiva la dejé en el cajón de las cosas pendientes de acometer o descartar. Estuve varios días reflexionando sobre el amor. Sabiendo que siendo como somos seres a los que la muerte nos ronda desde que nacemos y que una existencia así con la conciencia de que uno es mortal, —es difícil de soportar a palo seco—, es fácil llegar a la conclusión de que vivir sólo puede soportarse con el amor que otro te da, con todo eso tan bonito que te regala otro ser que tendrá el mismo final que tú. Si bien es verdad que tener un trabajo que te apasiona y que te he hace crecer día a día es lo que te completa como individuo, como persona, lo que te completa como ser humano es el amor en todas sus vertientes, y cómo no, el amor entre quienes al conocerse son dos extraños. Hace unos años cuando la gran crisis económica estaba asomándose le dije a un amigo que sólo iban a poder salvarse quienes tuviesen una forma de vivir austera, sin vicios sanos o insanos, caros. Mi amigo se enfado conmigo. Probablemente puse el dedo en alguna herida abierta, y que a él, le escoció lo suficiente para enfadarse momentáneamente conmigo. Ahora, hoy, siendo habitante de un mundo con tanto odio y tanto ego por todas partes y en tan diversas formas; en esa manera de estar en el mundo que tienen algunos de creerse por encima del resto, olvidándose de que también son mortales y que están desaprovechando y desperdiciando la verdadera vida, sé que en este tiempo sólo nos puede salvar el amor. Enamorarse perdidamente de alguien. Encontrar esperanza en ese amor. En esa clase de amor que tiene el poder de transformar y cambiar para bien la vida del otro. La posibilidad que nos ofrece el Universo de poder amar y ser amados con esa clase de amor es lo que nos salva todos los días, lo que nos vuelve eternos, lo que nos aleja del sinsentido en los que a ratos y a días se convierte la existencia. Igual, lectores míos, estáis de acuerdo conmigo al pensar en que cuando una persona se enamora de otra y resultar ser el amor en mayúsculas, cuando uno está inmerso en una historia de amor verdadero, en lo primero que se nota es que por fin uno se convierte en la persona que siempre ha querido ser. Y eso es algo a lo que todo mortal con conciencia debería aspirar. Ser quien siempre se ha deseado ser. De modo que como podéis presumir, al final, me decidí por aceptar el encargo de escribir una historia de amor. Eso sí, lo haría en tanto pudiese captar y retratar en negro sobre blanco ese poder de transformación para bien que posee el amor verdadero, porque con ese clase de amor que lejos está de poses y falsedades, lo que hay es lo que lo somos. Y espero de corazón, una vez escrito, haber conseguido atrapar un chachito de ese poder en poco más de diez mil palabras.



Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

lunes, 2 de octubre de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para octubre. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

OFRENDA


Despertarse con ganas de comerse el cada día a bocados, de ponerle siempre a la vida color, sintiéndose dichosa es la mejor forma de amanecer. Despertarse sintiendo que invade tu ser una descomunal dosis de energía vitamínica y un batallón de buenas vibraciones, sentimientos y sensaciones es como despertarse las mañanas de Navidad. Y el común denominador de todos esos días es la ilusión. A cada uno le mueve diferentes cosas, personas, gustos, intereses, aficiones, pero detrás de todo siempre está la ilusión, ya que la ilusión es nuestro motor y sin ella no hay nada, no somos nada. Mi amiga Edurne siempre me dice que las bibliotecas le inspiran la misma sensación que la de una mañana de Navidad. Entiendo perfectamente a lo que se refiere puesto que a ella entrar en una biblioteca y la mañana de Navidad le producen la misma ilusión que a mí abrir los ojos con cada amanecer y ser consciente de que por delante tengo toda una aventura por vivir que se llama vida y con la que voy a tener experiencias de todo tipo que me harán sentir y avanzar, sabiendo que jamás me dejaran ni indiferente ni quieta en el mismo punto. Como también sabéis, lectores míos, que me produce una enorme y sincera ilusión el contar historias, el emprender viajes y el desembalar libros cuidadosamente elegidos por anticipado, y cómo no, y en ello quiero detenerme hoy: los días que preceden a la Navidad y por supuesto las mañanas de Navidad, es decir, las vacaciones de invierno. No sé en qué momento inconscientemente comienzo a preparar mentalmente la Navidad; no sé cuándo empiezo a ir pensando en los regalos inesperados y sorprendentes para cada uno de los seres que forman parte de mi cotidianidad, pues el tema "regalo" no es para mí un asunto menor ni trivial ni baladí; no sé en qué día y a qué hora emprendo el camino que me lleva a la época que más me gusta del año cuando una sonrisa divertida, franca y feliz se dibuja en mi rostro y se queda a vivir allí durante muchísimo tiempo. No sé si es que me tomo la Navidad demasiado en serio, pero más bien creo que me la tomo cómo lo que es, cómo lo que tiene que ser, cómo lo que significa para mí, es decir, la celebración de todo lo bueno que posee y representa el ser humano. Aunque la ejemplaridad del ser humano no debería ser la excepción sino la regla y no tendría por qué tener que conmemorarse para de ese modo poder subrayar, reseñar y resaltar lo obvio, en un mundo en el que existe a partes iguales el bien como el mal; bien caben unas semanas para que esa ejemplaridad sea la protagonista; bien caben unos días al año para que todos pensemos que lo que realmente nos hace grandes es el ser buenas personas, el ser el mejor ejemplo tanto para nosotros como para los que nos observan; bien caben unas horas para reivindicar que la fortuna de los agradecidos, honrados y bienintencionados siempre será mucho más poderosa y nos colmara de una mayor e intensa dicha que la de los seres de lúgubre corazón, funesto ánimo y malvada disposición. Por eso en los días de Navidad todavía debemos prestar más atención a todos aquellos que dan de corazón sin esperar nada a cambio, en esos días debemos aguarles la fiesta a los señores Scrooge de turno. Y debemos hacerlo con una sonrisa en los labios y diciéndoles, mirándolos a los ojos: «Jamás vais a poder con los bienintencionados y generosos de corazón.» Para luego, con alegría dedicarles tiempo y mimos a los que están a nuestro alrededor. Sabiendo que ese regalo que hemos preparado con tanto amor, no es un acto que se deba acoger como algo vacío de contenido o un consumir por consumir sino como lo que realmente es: una ofrenda al otro, un reconocimiento al otro. Pues con en ese regalo le estamos diciendo muchas cosas pero sobre todas ellas, una: «Gracias por existir.»


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz



** Scrooge era una persona mayor y sin amigos. Él vivía en su mundo, nada le agradaba y menos la Navidad, decía que eran paparruchadas. Tenía una rutina donde hacía lo mismo todos los días: caminar por el mismo lugar sin que nadie se parase a saludarlo. Scrooge vivía en un edificio tan frío y siniestro como él.


** Ofrenda: f. Dádiva o presente que se ofrece con respeto, gratitud o amor.

DESEMBALANDO HISTORIAS


«Hace algunas semanas me compré un catalejo.
Compro muy pocas cosas y, las que compro,
no hasta después de llevar mucho tiempo deseándolas,
por  lo que, cuando me hago con ellas,
ya estoy preparado para darles un uso perfecto
y extraer el máximo placer.»
―Henry David Thoreau―
[Diarios, 10 de abril de 1854]


Si alguien dice de mí que soy impulsiva esa es la mejor muestra de que no me conoce. Soy reflexiva sino no podría tener este oficio. Pero lo soy en todo en la vida, soy de las personas que sopesan los pros y los contras, de las que medita un buen argumento antes de dar una opinión y estoy siempre en disposición de con tranquilidad escuchar opiniones dispares con tal de confrontarlas con las mías para saber si mi postura sale reforzada o si estoy equivocada y antes de hablar o actuar debo cambiarla. Por ello, cuando hablo intento llevar conmigo una buena razón para poder defender siempre mi postura. Soy tan de medir las cosas y los actos, y sobre todo las palabras por qué sé de su valor, y soy tan de tener los pies en el suelo, que incluso no compro nada sin antes haberlo meditado mucho, para como Thoreau extraer el máximo placer al haberlas deseado en el tiempo y con constancia. Es decir, jamás compro fruto de un capricho y aunque lo comprado muy bien pueda ser algo nacido del deseo, nunca será de un deseo pasajero. Y del mismo como no soy amiga de la compra impulsiva, lo soy de la compra reposada y más cuando se trata de adquirir libros. Desconozco lectores míos de qué modo compráis vosotros los libros, de manera que yo ahora os voy a relatar la mía e igual coincidimos. Tomáoslo como un juego. Y para contar de dónde procede mi forma de comprar libros debo remontarme a cuando era niña: Hubo un tiempo en que comprar libros de una manera reposada estuvo a mi alcance gracias a que mi madre me hacía partícipe de un catálogo que era revista y que a su vez era librería y que te daba la oportunidad de durante al menos quince días sopesar, escoger, replantearte la compra, volver a elegir y comprar lo que más deseabas de todas aquellas páginas que se convertían para mí en el más maravilloso de los festines cada dos meses. Fue mi madre, como os he dicho, quien me acostumbró a ello y desde entonces mi forma preferida de aproximarme a los libros ha sido siempre esa, por fortuna con la llegada de las librerías virtuales a nuestras vidas he podido reencontrarme con ese forma pausada y delicada de comprar libros y he podido de ese modo quitarme de encima la inmediatez de la compra a la que quieras o no te empujan las librerías físicas. Y, será porque tengo las hechuras de la compra reposada, o porque no concibo mejor manera a la hora de adquirir libros que la elección en calma de un objeto que al ser mucho más que un objeto y que encierra tantos mundos requiere siempre de su poso y reposo, del silencio de la elección, y de la confianza en el instinto que sea por hábito o por su sagacidad nunca falla, que cuando compro libros también lo hago desde el deseo meditado, nunca del pasajero. Pero debo confesaros para ser totalmente honesta con vosotros que además de los motivos expuestos, quizás la principal razón de esa querencia mía por comprar los libros de ese modo es porque disfruto como una niña en el día de su cumpleaños del momento en el que tengo que desembalar el título elegido unos días antes y que todo él, ―al tenerlo por primera vez entre las manos―,  sea una sorpresa. Ya que hay en mí tanta ilusión en el instante de desembalarlo como cuando empiezo a leer las primeras líneas de la primera página, puesto que esos dos actos me confirman algo que yo ya sé por anticipado y es que estoy a punto de adentrarme en una nueva historia, en una nueva vida. Y ese, coincidiréis conmigo, que para un lector siempre es el mejor de los argumentos.
  

Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

AL OTRO LADO DE LA PUERTA


Hay una pregunta que de tantas veces como ha pasado y sigue pasando por delante de mí me resulta tediosa desde su encabezamiento hasta contestarla. Y es esa que siempre comienza con: Si te fueras a una isla desierta… Al oírla en lo primero que pienso es que ojalá estuviese en ese preciso momento sola en esa misma isla para no tener que saber ni cómo sigue el enunciado, ni tener que contemplar cómo se abalanza sobre mí una cuestión cuyo objetivo sólo es el de que condense toda una vida en menos de que canta un gallo, como si escoger o resumir sólo fuese cuestión de blanco o negro. Cada vez que me encuentro en esa tesitura en la que veo venir galopando hacia mí el si te fueras a una isla desierta qué libro te llevarías contigo; o el, si te fueras a una isla desierta qué tres cosas te llevarías; o otra de similar, ―pues esta pregunta tiene no sé por qué una sorprendente infinidad de variables―, me invade un auténtico hastío y sólo tengo ganas de levantarme e irme a otro lugar. Sin embargo, el otro día, sin ni siquiera advertirlo mientras estábamos almorzando con unos amigos alguien la formuló pero rizando todavía más el rizo y soltó a bocajarro y para sorpresa de todos: «¿Si te fueras a una isla desierta preferirías permanecer en la isla diez años con una persona a la que adoras o un mes con una a la que no soportas?» Por unos minutos no pude parar de reír, porque la respuesta era más que obvia y de tan lógica como era, nadie puso sobre la mesa un argumento que defendiese la segunda opción. Por tanto, nadie le llevó la contraria al que dijo que permanecer un mes en una isla con alguien al que no soportas sería como permanecer en ella veinte años. Es más, encontramos acertado y muy pertinente el comentario. Sin embargo, no pude evitar que me asaltase la siguiente pregunta: «¿Si allí entre nosotros aun siendo amigos o conocidos había alguien al que yo en verdad no soportaba lo suficiente para pasar con él o con ella un mes en un lugar apartado y lejos de todo y de todos?» Y la respuesta no tardó en aflorar: «Sí». Entonces encontré en la pregunta su intención oculta: que era la de diferenciar entre los seres a los que detestamos y con los que no tenemos ningún trato, de los que sí que tratamos pero que en el fondo no soportamos. Y en el momento en que ves la trampa que encierra la pregunta, también ves el rostro de ese alguien con el que jamás te irías ni a una isla ni a ninguna parte y con el que no obstante tienes trato y frecuentas; al mismo tiempo que notas, ―al tomar conciencia de que por suerte tan sólo se trata de una suposición―, un alivio semejante al que hallas en el zaguán de tu casa cuando al cruzar el umbral de la puerta y cerrarla tras de ti, sabes qué es lo que se queda allí dentro contigo y lo qué se queda fuera, al otro lado de la puerta, en la calle, sin importante ni un comino. Pues es ahí en el zaguán de nuestra casa donde nos encontramos con el auténtico retrato de quiénes somos en realidad, de qué es lo que queremos en nuestra vida y qué no. En ese lugar considerado casi siempre como tan solo una zona de paso, cuando es en realidad reducto y morada, podemos reconocer si llevamos una vida plena ya que si nada te falta en ese zaguán es porque en tu vida está todo lo que tiene que estar. Todas las personas y cosas. No hay más. No es para nada complicado, ya que nuestra felicidad depende tanto de lo que está y de quien está en nuestra vida, como de lo que se queda al otro lado de la puerta. Tanto es así, que al cerrar la puerta, estamos echando el pestillo al fortín de lo que en verdad importa.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

sábado, 30 de septiembre de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el último día del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

miércoles, 27 de septiembre de 2017

LA ABUELA PERFECTA



«Una mujer me espera, ella lo contiene todo, nada le falta.»
Walt Whitman


Siempre tiene fruta recién comprada de todas las variedades habidas y por haber con la que le gusta agasajarnos, esa es una de las tantas maneras que tiene de mostrar su amor y su generosidad; del mismo modo como tiene cientos de libros para que podamos leer en su inmensa biblioteca en la que predominan los libros grandes en tamaño, enormes en talento y hermosamente ilustrados que son su joya más preciada. Pasa horas enteras y eternas en la cocina con tal de que el estómago de quién visita su casa jamás pase hambre y coma como es debido. Siempre tiene un caldo para ti en tu hora más mala o una sabrosa ensalada cuando aprieta una ola de calor. Posee la piel más suave que jamás han rozado tus dedos, su color es saludable, toda ella huele a jabón, es guapa en esencia y de manera franca y sin artificios. A mí me gusta achucharla, abrazarme a ella, darle besos, demostrarle lo mucho que la amo. A menudo pienso que me gustaría que pudiese verse a sí misma a través de los ojos de quienes la adoramos, para que supiera a ciencia cierta el genuino amor que despierta en nosotros. Ella es una de esas mujeres que se ha hecho a sí misma, que siempre ha trabajado con minuciosidad, con amor por detalle y por y para los otros. Ahora con la sabiduría que le han dado los años y el aprendizaje extraído de sus propias experiencias hace que conversar con ella sea algo gratificante, ya que es como ir tejiendo un tapiz de reflexiones llenas de matices y sorpresas que a menudo te dejan boquiabierta. La vejez le sienta mejor de lo que ella presupone. Sí, la vejez le sienta bien, y su forma de estar en el mundo se va tiñendo de una especie de pasotismo que hace que tu amor por ella se convierta en locura. A ratos y siempre inesperadamente, en el momento menos pensado, ríe por algo que acaba de oír y lo inunda todo de felicidad. Me encanta su risa. Su risa es sana, es una risa que le sale de las entrañas y sin tapujos. Su risa la viste de sinceridad y la desnuda de todo prejuicio. Cuando ríe es como si se abriera una ventana a un mundo fantástico y quererla es algo fácil. Y cuando quiere desconectar del mundo escucha música y se aísla de todo y de todos, y tú la miras y en silencio desapareces, la dejas vivir a su aire. Pues dejarla vivir a su aire es el mayor tributo que le puedes brindar a alguien que te lo ha entregado todo. Y, ahí, en ese instante en que mis pasos desandan el camino andado y desaparezco para no molestarla, me doy cuenta de que se está convirtiendo en la abuela que siempre he querido tener y que nunca he tenido. Tuve una bisabuela, pero jamás he tenido abuela. Pero ella resulta ser la abuela perfecta. Es acogedora y suave, toda ella es amor, toda ella lo contiene todo, y a su lado nunca te van a faltar ni la fruta ni los libros, que es como saber, que junto a ella jamás te va a faltar ni el alimento ni el consuelo. Y ella, ese ser maravilloso, no es otra persona que mi propia madre. Lo que me lleva a pensar que quizá la abuela perfecta es nuestra madre cuando se convierte en abuela. Tal vez esa sea otra de las sorpresas que el tiempo nos depara. Lo desconozco. Pero sí que sé que de poder escoger una abuela, la escogería a ella. Mi madre se ha convertido en la abuela que nunca he tenido y es algo genial. Porque cuando me abraza lo hace desde lo más profundo de su corazón, desde su yo más honesto.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

lunes, 25 de septiembre de 2017

CAJAS

De la misma forma como existen las cajas de seguridad, las cajas fuertes, las cajas de caudales o las cajas de música, existen unas cajas para las que se debería buscar un nombre muy especial, porque dentro de ellas, además de albergar objetos guardan sentimientos y emociones y acaban siendo una caja llena de recuerdos o de sorpresas. Y más allá del distinto tamaño que puedan tener o de los diversos materiales del que estén fabricadas, los verdaderos elementos con los que se elaboran son: el amor, la ternura y la complicidad. Conozco de primera mano ejemplos de personas que crean cajas así: está Lorelai que como viaja tanto debido a su profesión al no poder estar con Harold, ―su amor―, en el cada día, va construyendo una caja con objetos que compra o que encuentra y que le han llamado la atención y cuando tiene la caja a rebosar se la envía a Harold y días después de habérsela enviado, le manda una carta donde le ha escrito la historia y el significado de cada uno de los objetos que contenía la caja, con el fin de que el contenido borre la distancia física que hay entre los dos; está Irene que vive en un pueblo pequeño y que cada vez que se entera de que una de sus vecinas está embarazada le preparara una caja repleta de cuentos para niños de cero a tres años acompañado de algún que otro peluche para entregársela cuando nazca su vástago; y luego están las cajas sorpresas, esas cajas que últimamente están tan de moda y que pagas su contenido por anticipado al adquirirlas sin saber que hay en el interior y que se asemejan tanto a los sobres sorpresa de cuando éramos niños por los cuales abonábamos unas cinco pesetas a cambio de una incógnita, y aun siendo conscientes de que tanto ahora como en aquel entonces no deja de ser una compraventa, la sorpresa no te la quita nadie como nadie puede decir que quien las ha ideado no lo ha hecho con el ánimo de alegrarte el día; y cómo no, están las cajas de los ex, esos seres que guardan en una caja todo los que les unió a su pareja y que aunque les cueste admitirlo el valor sentimental del contenido les obliga a mirar la caja de reojo para comprobar que está en su sitio cada vez que entran en el garaje; como también existen las cajas donde una madre guarda los juguetes de sus hijos para así asegurarles y asegurarse a sí misma que nadie les robara la infancia; y por supuesto, están las cajas del tesoro que de críos escondemos en algún lugar y que luego olvidamos y cuando de adultos las recuperamos de forma inesperada reímos a gusto pues en ella habíamos puesto todo un mundo lleno de fantasía e ilusión que regresa a nosotros en un instante como si no hubiera pasado ni un día; y de este modo podría estar durante horas describiendo a saber cuántos tipos de cajas con la certeza de que cada una de ellas está elaborada con los mismos ingredientes. 
Por ello, estoy segura de que todos vosotros lectores míos tenéis vuestras propias cajas, como Alberto y yo tenemos la nuestra. En los últimos años dado que Alberto y yo cumplimos años casi que el mismo día, para ser más exacta: yo el día doce y él el quince del mismo mes, por nuestro cumpleaños nos regalamos una hermosa caja que ha sido construida por los dos durante el año que dejamos atrás. Alberto suele comprar la caja una semana o dos después de cumplir años y habitualmente está fabricada a mano y es de material genuino, por tanto no es de extrañar que sea una auténtica preciosidad que yo no veo hasta el año siguiente, ―aun sabiendo que ya la ha adquirido―, porque sencillamente me la esconde. Pues bien, con la adquisición de la caja nace todo, puesto que tras ello empezamos a dejar en una gaveta durante el año todo aquello que tiene un significado digno de un momento que debe ser recordado, ya que sabemos que en el futuro cuando lo contemplemos nos hará viajar a una situación llena de dicha. A un momento de nuestras vidas en que fuimos felices y al que siempre desearemos volver. Comenzar a construir una caja es como dar el pistoletazo de salida al año, no sabemos que nos va a suceder durante esos doce meses que tenemos por delante, vamos a ciegas, pero os prometo que siempre encontramos detalles que cuando llegado el momento por nuestro cumpleaños abrimos la caja y los depositamos en su interior nos hacen sentir y constatar cuán afortunados hemos sido ese año, por cuántas cosas debemos de estar agradecidos y dar las gracias.
Así que muy bien podrían llamarse a todas estas cajas, no sólo a la nuestra, sino a todas las cajas que se elaboran con amor: cajas de la felicidad o por qué no, cajas de la esperanza. Pero personalmente prefiero sin saber si es lo acertado o no, llamarlas cajas de celebración pues con ellas de algún modo celebramos la vida. Ya que ellas son el testimonio de cuán felices fuimos un día y con su presencia nos advierten de que siempre tendremos alguna razón por muy pequeña que sea para volver a serlo. De modo que como no tengo ni idea del nombre apropiado que deberían tener: lo dejo en vuestras manos, lectores míos, presintiendo que si tenéis alguna de estas cajas sabéis de qué hablo.


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz

viernes, 22 de septiembre de 2017

OTOÑO Y HOGAR



«Sondeemos la tierra para ver hacia
dónde se extienden
nuestras principales raíces.
—Henry David Thoreau—



Cuando regresa el otoño y con él, el invierno, no puedo evitar tener la sensación de que he regresado al hogar. Si bien, el verano es el tiempo donde desaparecen los relojes, se derriten los paraguas, se difumina la línea que separa el día de la noche, convirtiéndose todo él, en la época donde se baila sin tapujos con la naturaleza y sus criaturas, se ríe con las puertas abiertas, se come fruta en cantidades ingentes, se lee a mansalva, se nada y te diviertes como si no existiera un mañana, provocando todo eso en nosotros un sentirnos ligeros como si nada importase demasiado o como si las ataduras no existieran, personalmente yo, ahora, desde hace unos años, ya, de preferir prefiero el otoño y el invierno con todas sus promesas y todo lo que conllevan. Prefiero la belleza serena del otoño y el invierno. Si el verano es alboroto, el otoño y el invierno son sosiego. El cuerpo y la mente necesitan del sosiego como del mismo oxígeno. En el sosiego descansan y se alimentan mejor, por ello, todo lo que nos sucede en ese estado toma forma, todo lo que hacemos arraiga, tiene su peso y su poso, llega a nosotros para quedarse. El otoño y el invierno son el orden, la simetría, el equilibrio, la regularidad, la armonía frente al desorden del verano. Es lo duradero frente a lo efímero. El verano es como estar de paso, el otoño y el invierno es quedarse. En julio tuvimos en casa a unos amigos que vinieron a visitarnos y uno de ellos en una de esas veladas infinitas nos hizo una pregunta que desde entonces estoy intentando contestar, con lo cual no es extraño encontrarme a mí misma en repetidas ocasiones meditando sobre su posible respuesta. Quizás, por ello, la formulo a todos mis conocidos, para seguidamente observar cómo se quedan pensativos. De modo, que no voy hacer una excepción con vosotros y por tanto en este momento os la traslado, lectores míos. La pregunta es la siguiente: «¿Dónde tiene un hombre su hogar: donde tiene su corazón o donde cuelga su sombrero?» Con sólo sopesarla unos segundos podréis constatar cómo tiene su aquel, como tiene su miga, aunque a bote pronto pueda parecer sencilla de contestar. Después de semanas de meditación y tras oír diversos razonamientos, me atrevo a decir que muy posiblemente son infinitas las respuestas como infinitos son los hombres. Lo ideal sería tener el corazón y el sombrero en el mismo lugar, pero nunca hay que dejar de lado la complejidad de la vida o cómo el corazón a veces con el paso del tiempo va troceándose y repartiéndose por distintos lares, componiéndose al final de todos ellos. Estoy casi segura de que como más años se tienen la respuesta es más complicada puesto que al ir a contestarla se valoran muchos más factores y se encuentran muchos más matices. O puede ser que yo esté totalmente equivocada y como más años se tienen la respuesta sea cuestión clara y rotunda de rápida solución. No lo sé. Lo que sí que sé es que tras haber reflexionado mucho, hoy por hoy, estoy en disposición de responderla sin riesgo a equivocarme ni de engañar a nadie ni sobre todo a mí misma, si contesto: que yo, es decir, la que escribe estas líneas, sólo me hallo en mi hogar cuando regresa el otoño y el invierno a mi vida. Es más, mi hogar está allí donde se encuentra el otoño y el invierno conmigo. Entonces todo resulta ser más confortable y reconfortante, todo puede llegar a ser perfecto. En ese espacio de tiempo que comprende el otoño y el invierno está mi hogar, y donde cuelgue mi sombrero o donde tenga mi corazón o partes de él se manifiesta como secundario o menos importante para sentirme bien.



Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz  

viernes, 1 de septiembre de 2017

Naturaleza sin pausa


La naturaleza sin pausa, ajena a todo. 
El gran espectáculo para los ojos que saben mirar. 
#naturalezasinpausa 



Una foto para el primer día del mes. 
Un abrazo a tod@s. 
© Alberto Fil

viernes, 25 de agosto de 2017

SERES QUE NO SE CONFORMAN


«Ser es la mejor forma de explicarse.» 
―Henry David Thoreau―


Estando en una cabaña en Canadá en mitad de la vida, en plena naturaleza, con tu chico y escuchando el susurrar de la voz ronca y desgarrada del canadiense Leonard Cohen os puedo asegurar que todo se relativiza, la línea entre lo que en verdad importa y lo que no, se concreta y se establece. Marcándose en tu interior como un antes y un después, como el ahora y el ayer, como el pasado y el presente. Y todas esas preguntas que jamás te fueron contestadas ni lo serán, caducan; todas las respuestas que no te llegaron en el momento adecuado; prescriben; todas las ansias de palabras que alguien tenía la obligación de decirte y no te las dijo, ya fuese por pereza o porque no le dio la gana, se esfuman. Dándote cuenta de que lo que un día fue primordial para ti, aun siendo trivial, deja de serlo y te detienes admirada en ese segundo de plena consciencia en que ves con una claridad total y una tranquilidad extraordinaria que nada importa de lo que dejaste atrás. ¿Acaso eso no es el principal indicio de que has madurado, de que has logrado alcanzar el nivel de serenidad deseado? Sí, yo creo que sí. Es más, creo que el fruto ya ha caído dentro del cesto, que la serenidad ha borrado el tictac del reloj que marcaba la urgencia de convencer para confirmar lo que tú ya sabías. Y ahí estás tú, con tu chico y sus besos, en un buen sitio en el que vivir y la voz de Cohen como compañía, y sabes que ya no va hacer falta mucho más para ser feliz, que el ser que no se conformaba y que has sido durante toda tu vida está sosegándose, se ha calmado, como si por fin hubiese encontrado su estadio ideal. Esa niña de nueve años, —cuya fotografía te acompaña siempre en cada uno de los viajes que emprendes y en todos los proyectos que acometes—, a la que tú le prometiste cumplir sus sueños y cuidar de ella, se da cuenta de que ya lo ha logrado, que ya tiene lo que deseaba, que con disciplina, mucho trabajo y una gran dosis de talento, sus sueños e ilusiones, se han convertido en una realidad tangible; y ahora, como si hubiese llegado la hora del recreo advierte y le entra la risa al comprobar cómo la vida ha pulsado la pausa, —como si de una tecla se tratase—, y se encarga de ir cribando, relativizándolo todo. La vida con su tiempo no es que ponga a cada uno en su lugar, sino que una vez tú ya has hecho tu parte del trabajo, te hace el regalo de  mostrarte lo que en realidad importa. Va quitando hoja tras hoja y deja delante de tus ojos, a la vista, el cogollo de la existencia. Entonces el ser que no se conformaba y que quería escribir novelas que valiese la pena leer puede por fin respirar y decirse a sí misma, estando en lo cierto, sin que sea humo su cavilación: «Lo conseguí. Ahí están mis novelas, mi trabajo, mi trayectoria literaria, puedo permitirme aflojar el ritmo, y puedo con Alberto vivir al  compás de las estaciones, sin que nada me apremie, puedo vivir al ritmo de la naturaleza. Ya que he demostrado que soy lo que quería ser. Lo que soy es lo que es. Y ser es la mejor forma de explicarse, como diría Thoreau. Si alguien quiere entenderme o conocerme mi obra habla por mí. Ella, soy yo.»
Y de la misma forma como la disciplina y el creer en mí me ha llevado hasta aquí, Alberto ha hecho tres cuartos de lo mismo. Pues, es él, el responsable de haberme trasladado en volandas de nuevo hasta la naturaleza, hasta la clase de vida que yo amo tanto y que en la vorágine de no conformarme olvidé. Es una realidad que quien más nos ama, quien mejor nos conoce, sabe qué es lo que necesitamos exactamente en cada momento; y mientras, yo tejía historias, hilvanaba palabras y publicaba novelas, él se encargaba de devolverme al origen de mi mundo, incluso al de mis historias, es decir, al lugar de mi infancia, o lo que es lo mismo, a vivir en plena naturaleza. Mientras yo estaba totalmente sumergida en mi presente, él construía un futuro para los dos. Y ahora desde aquí, desde ese futuro, en este espectacular enclave, desde el día de hoy, desde nuestro presente, de la misma manera en que sé: que si bien, muchas cosas y personas, han quedado atrás para siempre porque han perdido todo el interés para mí y eso es algo que debo decir que ni siquiera me entristece, también sé, que en su día me importaron y fueron como pequeños escalones que al subirlos, al vivirlos, me han conducido al día de hoy. Si esto no es madurar, que alguien me diga qué es. Tengo cuarenta y tres años, he cumplido el sueño de la niña que fui y he vivido una vida muy intensa en todos los aspectos, me resulta raro pensar que pueda vivir otros cuarenta, por muy larga que sea la esperanza de vida, no apostaría nada a que doblar la edad que tengo ahora sea algo factible. La apuesta que sí que estoy dispuesta hacer es a que los que me quedan por vivir, vivirlos con lo que en realidad me importa, a otro ritmo, al compás de lo que a fecha de hoy en verdad amo, de lo que me interesa, de lo que me hace apaciblemente feliz, pues la niña que no se conformaba, la niña de la fotografía que tenía una ambición concreta y unos sueños, al constatar cómo estos se han materializado, puede satisfecha abrir los ojos y mirar la inmensidad de lo que la rodea, de lo conseguido y sentirse afortunada.
Aun así, te puedo asegurar lector mío, que mientras viva en plena naturaleza, mientras tenga a mi chico al lado, mientras siga disfrutando de las canciones de Cohen, mientras siga aprendiendo, prometo seguir contándote buenas historias, confeccionadas con los elementos más elevados de la vida como siempre he hecho. Eso es lo único que no ha variado ni cambiado en mí: escribir, inventar historias, con el ánimo de mover tu sangre o remover tu interior.



Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz
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[Fotografía de Alberto Fil]