jueves, 27 de abril de 2017

ALIMENTO




«Hay algo en mí, no sé lo qué es; pero está en mí.»
—Walt Whitman—


Hay días en que una se levanta con ganas de ir a buscar alimento, se calza sus chinelos y sale del que es su hogar con ese fin. Al hablar de alimento, aquí y ahora, me estoy refiriendo a ese que alimenta el alma y sin el cual, como con el otro, tampoco se puede pasar. De modo que el otro día me calcé los chinelos, —me gusta llamar al calzado por su nombre en portugués, no sé la razón, pero así es—, y me fui como una rastreadora a buscar una hermosa poesía, una buena historia, una oportuna reflexión y una magnífica vela que oliese a coco. Hay días en que el ánimo está como exaltado y sientes que dentro de ti está brotando toda la primavera, entonces sólo tienes ganas de rodearte de cosas bonitas, porque a la vida siempre debemos ponerle color. Así pues caminé por los caminos de Caótica con el corazón contento, lleno de alegría, cantando por lo bajini, guardando en mi retina el rostro de mi amor, sintiendo la plenitud de toda la naturaleza, la fuerza de la madre Tierra en todo mi ser. Pensé que deberíamos obligarnos a amarla como ella nos ama a nosotros. Pensé que como mínimo deberíamos hacer ese pequeño esfuerzo. Allí estaba el sol alumbrándome sin dejarse nada en el tintero, generoso todo él; allí estaba la mar calma contemplando el caminar de las gentes de Caótica, allí estaba el cielo con ese azul tan parecido a un estallido de euforia; y, yo, era testigo de ese momento, de ese día, que jamás volvería a repetirse en ningún calendario. Me sentí dichosa. El día era único y mil pequeños detalles se quedarían grabados a fuego en mi memoria, lo sabía, era consciente de ello, era sabedora de que el día se quedaría a vivir en mi piel por decenas de razones: por una carcajada, por la brisa acariciando mi rostro, por un parloteo a lo lejos, por el color rosa palo de una flor, por el divertido vuelo de un gorrión, por el aleteo de una mariposa y por las sensaciones que se deslizaban al compás de las horas y los aromas a gardenia, lirio y jazmín que inundaban Caótica convirtiendo el lugar en canela fina. Y, llegó, el momento bonito y certero en que mis pies se detuvieron y dieron un pequeño giro y entré, llevada por ellos, en uno de esos maravillosos antros cargados de palabras donde todas juntas forman historias y todas las historias crean, —a su vez—, universos; y al fondo, como un alud de luz brillaban las candelas. Entonces me topé de cara con mi viejo conocido Walt Whitman sin cuyas poesías ya no sé vivir, y también me encontré con una tigresa y un acróbata, con la imagen de una vida, y con una enorme vela con aroma a coco que por tantos motivos me da la vida cada vez que la prendo. Y fui feliz, en aquella mañana, en que la primavera estaba en mí, porque le había puesto color a la vida y porque con ese acto ya me estaba alimentando y me alimentaria durante días. Alimentaria mi alma y, por ende, mi felicidad.
Mi deseo para todos vosotros, lectores míos, en este día: es que no os falten nunca ni las ganas de leer ni la luz. Puesto que es la forma más terrenal de sentirnos bendecidos. ¡Libros y luz! ¡Libros y luz, por favor!


Besos y abrazos a tod@s.
María Aixa Sanz